Por Gustavo RomƔn. Director Propietario La Ribera
En Argentina, la inflación nunca ha sido solamente un fenómeno económico. Es, tambiĆ©n, un hecho polĆtico, social y cultural que condiciona expectativas, salarios, inversiones y, sobre todo, la confianza en las instituciones. Por eso, la discusión abierta en torno a la medición de los precios durante la gestión del presidente Javier Milei trasciende lo tĆ©cnico: pone en juego la credibilidad misma del sistema estadĆstico nacional.
El Gobierno ha construido una parte sustancial de su legitimidad en la desaceleración del Ćndice de precios al consumidor. La baja de la inflación desde los niveles extremos heredados de 2023 constituye, sin dudas, un dato relevante dentro del programa de ajuste fiscal y contracción monetaria aplicado desde diciembre de ese aƱo. Sin embargo, el problema no radica Ćŗnicamente en la trayectoria descendente del Ćndice oficial, sino en la consistencia metodológica y la transparencia con la que ese indicador es elaborado y comunicado.
Mientras el INDEC sostiene una desaceleración pronunciada del ritmo inflacionario (dato muy discutible), distintas consultoras económicas, centros de estudios y mediciones provinciales muestran variaciones sistemÔticamente superiores, especialmente en rubros sensibles como alimentos, tarifas de servicios, transporte y salud.
La brecha no es uniforme, pero sĆ persistente. En varios tramos de 2024 y 2025, los relevamientos privados registraron tasas mensuales y acumuladas varios puntos por encima del Ćndice nacional, una diferencia que, trasladada al poder adquisitivo real, resulta significativa. Para los hogares, esa distancia estadĆstica se traduce en una percepción concreta: el costo de vida parece aumentar mĆ”s rĆ”pido que lo que indican los nĆŗmeros oficiales.
Esta divergencia no implica automĆ”ticamente manipulación, pero sĆ exige explicaciones tĆ©cnicas claras. Cuando las metodologĆas, ponderaciones de la canasta o tiempos de actualización quedan desfasados respecto de los patrones reales de consumo, el indicador pierde capacidad de reflejar la experiencia cotidiana de la población. Y cuando esa pĆ©rdida de representatividad coincide con decisiones polĆticas de postergar cambios metodológicos, la sospecha pĆŗblica se vuelve inevitable.
La postergación de la nueva canasta del IPC āmĆ”s cercana a los hĆ”bitos de consumo actualesā marcó un punto de inflexión. No sólo por sus implicancias estadĆsticas, sino por el mensaje institucional que transmite: la oportunidad polĆtica parece imponerse sobre el rigor tĆ©cnico.
En un paĆs con antecedentes de intervención en las estadĆsticas pĆŗblicas, cualquier seƱal de discrecionalidad erosiona rĆ”pidamente la confianza acumulada. La credibilidad del Ćndice de inflación no depende Ćŗnicamente de que los nĆŗmeros sean correctos, sino de que nadie pueda dudar de su independencia.
La renuncia de autoridades técnicas y las advertencias de economistas de distintas corrientes ideológicas profundizaron esa percepción de fragilidad. El riesgo no es menor: cuando la sociedad deja de creer en el termómetro, también deja de creer en el diagnóstico y, por extensión, en el tratamiento económico propuesto.
El oficialismo defiende su estrategia con un argumento atendible: sin estabilización macroeconómica no hay recuperación posible. Sin embargo, la polĆtica económica no se evalĆŗa sólo por sus indicadores agregados, sino por su impacto social concreto.
Salarios, jubilaciones y consumo masivo continĆŗan mostrando niveles de deterioro difĆciles de compatibilizar con una narrativa de normalización acelerada. AllĆ es donde la diferencia entre inflación oficial y privada adquiere dimensión polĆtica: define quiĆ©n tiene razón en la discusión sobre la realidad económica.
Si el Ćndice oficial subestima el aumento del costo de vida, el Ć©xito antiinflacionario pierde sustento. Si, en cambio, las mediciones privadas sobrestiman la dinĆ”mica de precios, la crĆtica opositora se debilita. Pero mientras esa brecha persista sin una explicación convincente, lo que se deteriora es algo mĆ”s profundo: la confianza pĆŗblica.
Argentina ya atravesó perĆodos en los que la manipulación āreal o percibidaā de los datos económicos terminó aislando al paĆs y encareciendo cualquier estrategia de estabilización. Repetir ese camino, aun de manera parcial, implicarĆa un retroceso institucional difĆcil de justificar en nombre de cualquier programa económico.
La salida no deberĆa ser discursiva sino tĆ©cnica: actualización metodológica transparente, auditorĆas independientes y publicación completa de la información. Sólo asĆ el Ćndice de inflación volverĆ” a ser un dato aceptado por oficialismo, oposición, mercados y ciudadanĆa.
Porque, en definitiva, la discusión no es cuĆ”nto baja la inflación en los papeles, sino cuĆ”nta verdad contienen esos nĆŗmeros. Y sin verdad estadĆstica, no hay estabilidad económica que pueda sostenerse en el tiempo.





