Se cumple hoy medio siglo del asesinato del obispo y de sus tres compañeros religiosos, símbolos de la lucha social y víctimas del terrorismo de Estado instaurado en 1976.

(Enviado especial a La Rioja)

Un homenaje vivo en tierras riojanas

Durante el último fin de semana, la provincia de La Rioja se convirtió en el epicentro del país, de la memoria y la fe popular. A 50 años del martirio de Monseñor Enrique Angelelli y de sus compañeros de evangelización, más de 10 mil fieles, organizaciones de derechos humanos, movimientos sociales y autoridades gubernamentales y eclesiásticas se congregaron en el paraje de Punta de los Llanos, sobre la ruta nacional 38, y a unos 30 kilómetros de la localidad de Chamical.

El acto conmemorativo contó con las destacadas presencias de, Monseñor Dante Braida, obispo de la Diócesis de La Rioja, quien dirigió las oraciones en la plaza principal del inmenso predio y bendijo a las comunidades congregadas; y el gobernador Ricardo Quintela, quien lució emocionado en varios pasajes del acto, y estuvo acompañado por legisladores nacionales de diferentes provincias.

Así, la comunidad presente, rindió tributo a la entrega de los cuatro beatos riojanos bajo una premisa que continúa marcando el norte de la comunidad: la vigencia ineludible de la frase de Angelelli de caminar «con un oído en el Pueblo y otro en el Evangelio». La jornada combinó vigilias, oraciones ecuménicas y expresiones culturales que reafirmaron el compromiso con la justicia social y el recuerdo imborrable de quienes dieron la vida por los más desposeídos.

La vida y obra de un obispo entre los humildes

Enrique Angelelli nació en Córdoba en 1923 y fue ordenado sacerdote en Roma en 1949. Nombrado obispo de La Rioja en 1968, su llegada a la provincia norteña marcó un punto de inflexión pastoral. Alineado con los postulados del Concilio Vaticano II y la Conferencia de Medellín, Angelelli impulsó una Iglesia con una profunda vocación de encarnación territorial.

Su obra no se limitó al púlpito. Promovió la creación de cooperativas de trabajo, la organización del campesinado empobrecido y el sindicato de trabajadoras domésticas. Angelelli visitaba las minas, los campos de olivares y las barriadas más postergadas, escuchando las demandas de un pueblo sometido a estructuras feudales de explotación. Su figura, cercana y llana, se convirtió en una creciente molestia hasta volverse intolerable para las élites terratenientes regionales y las fuerzas de seguridad.

El contexto oscuro de la dictadura cívico-militar

El golpe de Estado del 24 de marzo de 1976 instaló en la Argentina una dictadura cívico-militar basada en la Doctrina de la Seguridad Nacional. El régimen encabezado por la Junta Militar persiguió, secuestró, torturó y desapareció a miles de ciudadanos, considerando «subversivo» cualquier intento de organización comunitaria o reclamo de derechos.

La Iglesia católica no estuvo al margen de este horror. Mientras la cúpula eclesiástica mantuvo en su mayoría una complicidad o silencio frente a las violaciones sistemáticas de derechos humanos, aquellos religiosos comprometidos con la Teología de la Liberación y el Movimiento de Sacerdotes para el Tercer Mundo se convirtieron en blancos prioritarios de la represión militar. La diócesis de La Rioja fue catalogada por los organismos de inteligencia del Estado como un «foco de subversión religiosa».

Los cuatro mártires de La Rioja

El martirio de la diócesis riojana afectó a cuatro figuras emblemáticas, hoy declaradas beatas por la Iglesia Católica:

Gabriel Longueville: Sacerdote francés llegado a la Argentina como misionero (fidei donum), dedicado al servicio pastoral en Chamical con una profunda entrega y sensibilidad hacia las carencias del pueblo.

Carlos de Dios Murias: Joven fraile franciscano, comprometido con la juventud campesina, la formación espiritual y el acompañamiento de los trabajadores rurales.

Wenceslao Pedernera: Laico, campesino y padre de familia. Como dirigente del Movimiento Rural de la Acción Católica en Sañogasta, organizó a los productores pequeños en cooperativas agrícolas para garantizar un trabajo digno.

Monseñor Enrique Angelelli: Padre espiritual y guía pastoral del grupo, cuya voz denunciaba desde la catedral las injusticias sociales y los arrestos clandestinos.

La cacería, la emboscada y la masacre

La escalada de violencia desatada por el terrorismo de Estado en La Rioja se ejecutó de forma metódica y sangrienta durante julio y agosto de 1976:

El 18 de julio de 1976: Los sacerdotes Carlos de Dios Murias y Gabriel Longueville fueron secuestrados de su parroquia en Chamical por hombres armados que se identificaron como miembros de las fuerzas de seguridad. Tras ser salvajemente torturados, sus cuerpos acribillados fueron hallados en un descampado.

El 25 de julio de 1976: Un comando paramilitar irrumpió en la casa de Wenceslao Pedernera en Sañogasta. Frente a su mujer y sus hijas, el dirigente laico fue acribillado a balazos; falleció horas después en el hospital.

El 4 de agosto de 1976: Monseñor Angelelli regresaba desde Chamical hacia la capital riojana en una camioneta Fiat 125, trasladando carpetas con actas e investigaciones sobre los asesinatos de los sacerdotes y la persecución en la diócesis. En el paraje Punta de los Llanos, sobre la Ruta 38, el vehículo fue encerrado y sacado del camino por otro automóvil comandado por agentes de la dictadura.

La camioneta dio varios vuelcos y Angelelli murió instantáneamente a causa de un fuerte traumatismo craneal. Durante décadas, el régimen militar pretendió hacer pasar el hecho como un «accidente de tránsito». Sin embargo, la investigación judicial demostró años más tarde que se trató de un homicidio calificado ejecutado en el marco del plan sistemático de represión.

Los motivos detrás de los crímenes

Los autores materiales e intelectuales del sangriento operativo buscaban descabezar el proyecto pastoral de La Rioja. Para el poder político, militar y económico de la época, la evangelización social representaba una amenaza directa a sus privilegios y al orden establecido.

Denunciar el acaparamiento de tierras, organizar el trabajo cooperativo, exigir salarios justos y levantar la voz por los desaparecidos rompía el esquema de dominación que la dictadura pretendía imponer. Los ejecutores intelectuales mataron a Angelelli y a los tres religiosos no por cuestiones dogmáticas, sino porque su fe se encarnaba en una praxis libertadora que daba dignidad a los desposeídos y señalaba a los opresores.

Hoy, a 50 años de aquellos trágicos sucesos, el testimonio de vida y muerte de los cuatro mártires riojanos permanece vivo como un faro ético y espiritual para toda la sociedad argentina, y nos interpela sobre el compromiso de nuestras comunidades para confrontar con las crecientes desigualdades que pregonan y profundizan corporaciones económicas y políticas de alcance global y nacional.