Por Hugo Busso. Autor del libro Ecoocreatividad. Utopías concretas para tiempos inciertos, EDUVIM, 2025.
Vivimos una época extraña. Durante siglos, la modernidad prometió progreso, crecimiento y desarrollo como si fueran destinos inevitables de la humanidad. Nos dijeron que la expansión tecnológica y económica traería bienestar generalizado, libertad y un futuro mejor. Pero hoy esas promesas aparecen profundamente desgastadas. El planeta se recalienta, las desigualdades se agravan, millones de personas migran forzadamente, desaparecen especies a una velocidad alarmante y las democracias pierden credibilidad. Por eso creo que ya no atravesamos simplemente una crisis económica o política: estamos frente a una crisis civilizatoria.
Muchos científicos llaman a esta época “Antropoceno”, para señalar que la actividad humana modificó las condiciones mismas de la vida en la Tierra. Sin embargo, detrás de esa idea suele esconderse una verdad incómoda: no toda la humanidad es igualmente responsable de esta situación. El modelo de producción y consumo impulsado históricamente por el capitalismo global y por las potencias modernas es el principal motor de esta devastación ecológica y social. Vivimos bajo una lógica que transforma todo en mercancía. La naturaleza, los cuerpos, las emociones, el tiempo, la cultura e incluso nuestros datos personales son convertidos en objetos de extracción y acumulación. El mercado dejó de ser solamente un mecanismo económico para transformarse en una especie de religión secular que organiza nuestras formas de vida.
Por eso sostengo que la política contemporánea funciona cada vez más como una “bio-necropolítica”: un poder que decide simultáneamente qué vidas deben ser protegidas y cuáles pueden ser descartadas. La eficiencia económica se convirtió en criterio ontológico. Vale aquello que produce rentabilidad, lo demás se vuelve invisible, descartable o sacrificable. Esa lógica invade también nuestra subjetividad cotidiana. Los algoritmos procesan nuestros deseos, emociones y comportamientos para orientar el consumo y modelar consensos sociales. Vivimos hiperconectados, pero muchas veces desconectados del sentido histórico y ecológico de nuestras acciones. Consumimos en un presente permanente, sin pasado ni futuro.
Lo más inquietante es que las advertencias sobre esta situación existen desde hace décadas. Ya en 1972, el Informe Meadows alertaba sobre los límites del crecimiento económico infinito en un planeta finito. Incluso mucho antes, científicos como Svante Arrhenius y Thomas Chamberlin habían advertido sobre los efectos del dióxido de carbono en el calentamiento global. Sin embargo, seguimos actuando como si el problema pudiera resolverse sin modificar las causas estructurales que lo producen.

Hoy el cambio climático es apenas una de las múltiples variables que muestran el deterioro de la biosfera. La temperatura global ya superó el umbral de 1,5 °C y numerosas investigaciones indican que hemos sobrepasado peligrosamente varios de los límites ecológicos que hacen posible la vida terrestre tal como la conocemos. Las consecuencias ya no son abstractas. Aparecen en incendios, sequías, inundaciones, crisis alimentarias, desplazamientos humanos y también en nuevas formas de sufrimiento subjetivo, como la ecoansiedad o la sensación generalizada de impotencia frente al futuro.
Frente a este escenario, considero que la política y la ética deben ser profundamente repensadas. No somos responsables únicamente de nuestros contemporáneos. También somos responsables de quienes todavía no nacieron. Nuestros actos presentes afectan directamente las condiciones de vida de generaciones futuras. En este punto, encuentro especialmente fecundo el debate filosófico entre Hans Jonas y Ernst Bloch. Jonas proponía una “heurística del miedo”: actuar desde la conciencia de las catástrofes posibles. Bloch, en cambio, defendía el “principio esperanza”: la capacidad humana de imaginar y construir futuros mejores. Creo que necesitamos ambas cosas. Necesitamos lucidez para comprender la gravedad del presente, pero también imaginación política para no caer en la resignación.
Por eso propongo pensar la idea de “ecoocreatividad”. Entiendo por ecoocreatividad una forma de creatividad colectiva orientada a producir futuros habitables. No se trata solamente de innovación tecnológica ni de discursos ecológicos superficiales. Se trata de crear nuevas formas de relación entre sociedad, naturaleza, economía y política. La ecoocreatividad intenta abrir horizontes no coloniales donde el desarrollo deje de significar devastación y saqueo. Busca recentrar la política por encima de la lógica puramente economicista y recuperar formas de organización social basadas en la cooperación, la solidaridad y la democracia de base. América Latina tiene mucho para compartir como buenos ejemplos.
Creo que el futuro dependerá, en gran medida, de nuestra capacidad para fortalecer cooperativas, redes comunitarias, prácticas mutualistas, experiencias educativas transformadoras y formas territoriales de autogestión capaces de generar autonomía sin caer ni en el aislamiento ni en la subordinación al mercado o al clientelismo estatal. El Estado no puede funcionar simplemente como una empresa. Tiene responsabilidades históricas, sociales y ecológicas mucho más profundas. Pero también necesitamos democratizar radicalmente las instituciones (educacion, salud, justicia, mercado) y construir formas de participación más directas y comunitarias.
En América Latina, muchas experiencias populares y comunitarias ya vienen ensayando alternativas. Pienso, por ejemplo, en el principio zapatista de “mandar obedeciendo” en México, que expresa otra forma de entender el poder político: no como dominación, sino como servicio colectivo. También considero indispensable descolonizar nuestra imaginación política. Tanto el liberalismo como el marxismo clásico compartieron, en muchos aspectos, una misma matriz moderna eurocéntrica basada en la idea de dominio sobre la naturaleza y en una concepción lineal del progreso.
Hoy estamos entrando en un punto de bifurcación histórica. Y frente a nosotros aparecen, al menos, tres caminos posibles. El primero es la continuidad del modelo actual, profundizando el deterioro ecológico y las desigualdades sociales. El segundo es la regresión autoritaria: sociedades cada vez más militarizadas, violentas y controladas tecnológicamente para administrar el caos climático y social. El tercero —y el más difícil— es la invención política: la construcción colectiva de formas ecológicas, democráticas y decoloniales de organización de la vida.
Yo creo que todavía estamos a tiempo de imaginar y crear esos otros futuros. Pero eso exige abandonar las falsas certezas del presente y atrevernos a pensar más allá de las lógicas que nos condujeron hasta aquí. Porque la gran disputa de nuestro tiempo no es solamente económica ni tecnológica. Es, sobre todo, una disputa por el sentido del mundo que queremos habitar.





