Por Gustavo MatĂas Terzaga. Pte. de la ComisiĂłn de Desarrollo Cultural e HistĂłrico ARTURO JAURETCHE de la Ciudad de RĂo Cuarto, Cba.
A cincuenta años del golpe de Estado del 24 de marzo de 1976, la conmemoraciĂłn volviĂł a mostrar una escena de enorme potencia polĂtica y social; movilizaciones masivas en todo el paĂs, fuerte presencia sindical, una participaciĂłn juvenil particularmente significativa y un carácter marcadamente federal que reafirma la vigencia de la memoria como hecho vivo que se moldea en nuestras calles. Las consignas histĂłricas —“Son 30.000” y “Que nos digan dĂłnde están”— se combinaron con un creciente cuestionamiento a las polĂticas econĂłmicas actuales, estableciendo un puente explĂcito entre el pasado civil/dictatorial y las formas contemporáneas de exclusiĂłn, endeudamiento y dependencia. Esa articulaciĂłn no es menor, expresa un nivel más agudo de conciencia histĂłrica y polĂtica. Pero justamente por eso, por la densidad de lo que allĂ se puso en juego, y por ser esta Ăşltima, tal vez, la movilizaciĂłn más masiva de todas en democracia, es que se vuelve necesario profundizar el análisis, ampliar el enfoque y avanzar sobre las dimensiones que aĂşn permanecen insuficientemente abordadas.
El golpe de Estado del 24 de marzo de 1976 puede comprenderse, en clave histĂłrica, como el punto culminante de una larga reacciĂłn de las Ă©lites contra la irrupciĂłn popular del 17 de octubre de 1945. Aquel dĂa, el pueblo trabajador emergiĂł como sujeto polĂtico con voluntad de poder, cuestionando el orden tradicional de dominaciĂłn. Desde entonces, se agudizĂł una disputa estructural entre dos proyectos de paĂs, uno basado en la justicia social, la soberanĂa polĂtica, la independencia econĂłmica y la integraciĂłn regional; otro, anclado en la histĂłrica subordinaciĂłn externa y el control oligárquico de los resortes fundamentales de la naciĂłn. En esa lĂłgica, el dato central es que ningĂşn proyecto puede imponerse de manera hegemĂłnica sin la destrucciĂłn integral de su antagonista. Eso fue, precisamente, lo que vino a realizar la dictadura; no sĂłlo eliminar adversarios ideolĂłgicos, sino desarticular las bases materiales, culturales y organizativas del proyecto nacional-popular para la Argentina.
La lĂnea antinacional
En esa perspectiva, la dictadura del 24 de marzo de 1976 no fue un hecho violento aislado, sino la profundizaciĂłn de una lĂnea histĂłrica que puede rastrearse hasta la llamada “RevoluciĂłn Libertadora” de 1955, e incluso más atrás, en las disputas fundacionales del siglo XIX. Por caso, durante las invasiones inglesas de 1806, sectores de la Ă©lite porteña —estrechamente vinculados al comercio atlántico, el contrabando portuario y a los intereses exportadores— no opusieron resistencia al poder ocupante e incluso reconocieron, en los hechos, la autoridad británica. Entre esas familias se encontraban nĂşcleos tradicionales de la clase dominante, como los MartĂnez de Hoz, cuya trayectoria histĂłrica se inscribe en esa matriz econĂłmica y cultural abierta al capital extranjero. Pero esa continuidad no es sĂłlo doctrinaria; por eso hablamos de elites sociales; tambiĂ©n se verifica en trayectorias familiares y polĂticas que enlazan distintos momentos de quiebre institucional. No es un dato menor que en la administraciĂłn libertaria actual persistan vĂnculos genealĂłgicos con las fuerzas que protagonizaron el golpe de 1955. El anterior jefe de Gabinete de Javier Milei, Guillermo Francos, es hijo del vicealmirante RaĂşl J. Francos, partĂcipe de la autodenominada “RevoluciĂłn Libertadora”. Del mismo modo, la saga de los Benegas Lynch —referentes del liberalismo econĂłmico local— expresa la persistencia de una corriente ideolĂłgica que, desde mediados del siglo XX, ha acompañado distintos procesos de reorganizaciĂłn del poder en clave antinacional.
En sĂntesis, el autodenominado “Proceso de ReorganizaciĂłn Nacional” (1976–1983) buscĂł deliberadamente inscribirse en una genealogĂa que remite a la “OrganizaciĂłn Nacional” (1852–1880), encabezado por BartolomĂ© Mitre y las Ă©lites liberales de la Ă©poca. AsĂ como aquel ciclo fundacional consolidĂł un modelo de paĂs agroexportador, dependiente y excluyente, la dictadura del ’76 vino a reconfigurar polĂtica y econĂłmicamente la Argentina en esa misma direcciĂłn, pero en el marco del capitalismo financiero global. Para ello, desplegĂł un programa sistemático de desindustrializaciĂłn, endeudamiento externo, disciplinamiento social y aniquilaciĂłn de toda forma de representaciĂłn y organizaciĂłn popular.
Economistas argentinos que piensan en inglés
La sujeciĂłn econĂłmica no es un accidente coyuntural; es la piedra angular sobre la que se construye la injerencia polĂtica externa. El ministerio de JosĂ© Alfredo MartĂnez de Hoz en los ´70 fue un hito en ese proceso. Su equipo actuaba como pluma obediente de los dictados externos, y el verdadero timĂłn econĂłmico lo llevaba Adolfo Diz desde el Banco Central. Formado en la Universidad de Chicago, Diz no representaba sĂłlo a la tecnocracia local, sino a la escuela monetarista que exportaba a toda AmĂ©rica Latina sus recetas de ajuste, apertura y desregulaciĂłn. Como vemos, la economĂa argentina de la dictadura no respondĂa Ăşnicamente a los intereses de la elite agrofinanciera y los grupos empresarios locales, sino a una matriz ideolĂłgica y tĂ©cnica diseñada en los centros de poder financiero internacional.
Y hay que decirlo, aquel andamiaje jurĂdico y normativo heredado de la dictadura nunca fue desmontado durante la democracia. Por caso, la Ley de Entidades Financieras de 1977 y la Ley de Inversiones Extranjeras, junto a cientos de leyes más, siguen vigentes y constituyen la columna vertebral de un sistema diseñado para servir al capital especulativo antes que a la producciĂłn nacional. Entonces, la herencia econĂłmica de JosĂ© Alfredo MartĂnez de Hoz (que era abogado, no militar) no es un vestigio lejano sino el legado intacto del terrorismo de Estado. La dictadura militar se fue, el pueblo la sacĂł, pero la dictadura econĂłmica está vigente, y el genocidio por goteo continĂşa funcionando como la victoria silenciosa del plan oligárquico y financiero del terrorismo de Estado.
El plan
Hacia mediados de los años 70, las organizaciones armadas estaban lejos de constituir una amenaza capaz de justificar el despliegue sistemático del terrorismo de Estado. La represiĂłn ilegal excediĂł ampliamente ese objetivo. No se tratĂł de “combatir la subversiĂłn”, sino de desmontar el entramado polĂtico, social y econĂłmico que el peronismo habĂa consolidado —aĂşn con casi 20 años de proscripciĂłn— y que habĂa sostenido niveles relativamente altos de empleo, industrializaciĂłn, estructura pĂşblica, movilidad social y participaciĂłn sindical en el ingreso. Durante el gobierno de MarĂa Estela MartĂnez de PerĂłn (1974–1976) se desplegĂł un conjunto de medidas orientadas a fortalecer la intervenciĂłn del Estado en la economĂa, consolidar la soberanĂa nacional sobre recursos estratĂ©gicos, ampliar derechos laborales y controlar sectores clave como la banca, la energĂa, los medios y las telecomunicaciones. Al mismo tiempo, se impulsaron acciones de defensa frente a intereses extranjeros y se sostuvo una polĂtica de bajo endeudamiento externo, preservando márgenes de autonomĂa econĂłmica. Más allá de sus complejidades, ese perĂodo representaba la continuidad de un modelo de paĂs basado en la centralidad del Estado, la regulaciĂłn del capital, la protecciĂłn del trabajo y la afirmaciĂłn de la soberanĂa nacional sobre los recursos estratĂ©gicos. Eso es, en esencia, lo que vino a destruir la dictadura; no sĂłlo un gobierno constitucional, sino una arquitectura econĂłmica, social y polĂtica que todavĂa sostenĂa —aunque tensionada— las bases del proyecto nacional-popular construido desde 1945.
Por eso la represiĂłn se dirigiĂł contra un universo mucho más amplio; militantes polĂticos, trabajadores, estudiantes, docentes, sindicalistas, periodistas, abogados laboralistas y referentes sociales. Recordemos, en 1974, la Argentina registraba niveles de pobreza estimados en torno al 4–5% de la poblaciĂłn, en el marco del orden econĂłmico y social instaurado por el peronismo (1945/1955), basado en la industrializaciĂłn, el empleo, la obra pĂşblica y la justicia social. Hoy, en cambio, la pobreza supera el 40%, reflejando el deterioro y el vacĂo estructural iniciado tras la ruptura de ese modelo nacional. Ese proceso inaugurĂł una secuencia de reconfiguraciĂłn econĂłmica y subordinaciĂłn externa que, con distintos matices, atravesĂł las dĂ©cadas siguientes y encuentra en los ciclos de gobierno de Carlos Menem, Mauricio Macri y Javier Milei sus expresiones más recientes.
El objetivo dictatorial, el trabajo argentino
Ubicar a la dictadura en su dimensiĂłn histĂłrica y geopolĂtica permite comprender con mayor claridad su verdadero objetivo, que no fue la “subversiĂłn”, sino el trabajo organizado. Una parte significativa de los detenidos-desaparecidos fueron trabajadores, delegados y activistas sindicales, es decir, el nĂşcleo del poder social que debĂa ser desarticulado. El movimiento obrero constituĂa —y aĂşn constituye— la principal barrera frente a un proyecto de transformaciĂłn regresiva. Esa ofensiva no fue un fenĂłmeno local, sino parte de un reordenamiento global del capitalismo iniciado tras la crisis del petrĂłleo de 1973. El agotamiento del modelo de posguerra dio lugar a una estrategia internacional orientada a disciplinar al trabajo, reducir derechos y restaurar la rentabilidad del capital. Las polĂticas de Thatcher y Reagan expresaron ese giro, en el que los sindicatos pasaron a ser considerados obstáculos estructurales.
En ese contexto, AmĂ©rica Latina fue un territorio de aplicaciĂłn temprana de ese paradigma. Las dictaduras del Cono Sur respondieron a una lĂłgica geopolĂtica que buscĂł garantizar la apertura econĂłmica y la subordinaciĂłn al orden global, neutralizando al movimiento obrero y a toda forma de organizaciĂłn popular. La represiĂłn, asĂ, no fue sĂłlo polĂtica; fue una condiciĂłn estructural para reconfigurar nuestras economĂas en favor del capital financiero. Y esa secuencia no se agotĂł en la dictadura. Las reformas laborales actuales deben leerse como una continuidad de ese proceso histĂłrico, cuyo objetivo ha sido persistente; debilitar al trabajo organizado y redefinir su lugar en la economĂa. Por eso, hoy, el movimiento obrero sigue siendo uno de los Ăşltimos nĂşcleos de resistencia frente a un modelo que erosiona las bases materiales de la autonomĂa nacional.
La debilidad polĂtica del 24 de Marzo
El 24 de marzo se ha consolidado como una de las expresiones más potentes de la democracia argentina; una movilizaciĂłn masiva que reafirma el compromiso colectivo con la memoria, la verdad y la justicia. Pero esa fuerza simbĂłlica convive con un lĂmite polĂtico persistente. A cincuenta años del golpe, sigue faltando avanzar sobre un punto decisivo; las responsabilidades civiles del proceso. Sin identificar con claridad a los actores econĂłmicos que lo impulsaron, financiaron y se beneficiaron, la memoria queda incompleta. Y esa omisiĂłn no es neutra, permite que esas mismas estructuras de poder continĂşen operando en democracia, desdibujando las continuidades histĂłricas, ocultando las responsabilidades objetivas y condicionando la comprensiĂłn del presente.
Como consecuencia de esa omisiĂłn, no deberĂa sorprender —aunque a menudo se presente como tal— la persistencia y gravitaciĂłn pĂşblica de determinadas figuras en nuestra polĂtica nacional. Más bien, habrĂa que preguntarse por las condiciones que hacen posible esa continuidad. De lo contrario, terminamos naturalizando situaciones que, vistas en perspectiva histĂłrica, resultan al menos llamativas, como es el caso de la vigencia polĂtica de Patricia Bullrich, o la liviandad con la que HĂ©ctor Magnetto puede sugerir desde las sombras que la presidencia de la naciĂłn es “un puesto menor”, o el tratamiento de Mauricio Macri como un mero “rival polĂtico”, sin problematizar los vĂnculos estructurales entre el grupo econĂłmico de su familia y el proceso de reorganizaciĂłn econĂłmica impulsado por la dictadura de 1976.
El aporte del kirchnerismo
Con NĂ©stor Kirchner y Cristina, se produjo un punto de inflexiĂłn en la polĂtica de derechos humanos al transformar esa agenda en polĂtica de Estado. Se impulsĂł la nulidad de las leyes de impunidad, se reabrieron los juicios por crĂmenes de lesa humanidad y se colocĂł a las vĂctimas en el centro de la memoria colectiva. De este modo, no sĂłlo se consolidĂł un consenso democrático básico, sino que se restituye al Estado su responsabilidad activa en la bĂşsqueda de verdad y justicia. En el ciclo kirchnerista, suele destacarse el gesto de NĂ©stor Kirchner al ordenar el retiro de los cuadros como un acto de fuerte contenido pedagĂłgico y simbĂłlico para toda una generaciĂłn. Y, sin duda, lo fue. Sin embargo, una formaciĂłn polĂtica más integral, situada y Ăştil para comprender la profundidad del proceso histĂłrico, hubiera requerido complementar ese enfoque con una indagaciĂłn más firme sobre las responsabilidades civiles que hicieron posible el terrorismo de Estado, y sobre el andamiaje jurĂdico que sostiene nuestra dependencia econĂłmica. Ampliar el foco en esa direcciĂłn habrĂa permitido incorporar una dimensiĂłn polĂtica más completa del fenĂłmeno y avanzar hacia un diagnĂłstico histĂłrico más riguroso. Algunos indicios de ese camino se insinuaron —por ejemplo, en la confrontaciĂłn con sectores concentrados del poder mediático para el caso de CLARĂŤN—, pero sin llegar a constituirse en una polĂtica sostenida y sistemática.
La ceguera del análisis polĂtico y su costo.
Si la historia insiste en repetirse —como farsa, pero con efectos concretos— no es por fatalismo ni por designio alguno, sino porque no supimos, no quisimos o no pudimos advertir a tiempo los procesos en curso. La dirigencia surgida en la democracia de 1983 cometió un error de origen; puso el foco del horror en los ejecutores —los militares—, pero dejó fuera del centro de la escena a quienes diseñaron y se beneficiaron del terror; los grandes grupos económicos y financieros. En nombre de una narrativa de unidad, el pasado reciente fue reducido a una tragedia estrictamente militar, concentrando allà casi toda la condena, como si el terrorismo de Estado hubiera sido una desviación institucional corregible con el disciplinamiento de las Fuerzas Armadas, y no la fase más brutal de un proyecto económico oligárquico cuya impronta perdura hasta hoy.
Esa lectura parcial —eficaz en el corto plazo— tuvo efectos profundos. PermitiĂł que los actores civiles que promovieron, sostuvieron y capitalizaron la dictadura cĂvico-militar (1976–1983) quedaran en gran medida al margen del juicio social y polĂtico. Identificarlos con precisiĂłn no sĂłlo hubiera sido un acto de justicia, sino tambiĂ©n una herramienta indispensable para comprender la continuidad de ese proyecto en la Argentina democrática. AllĂ aparecen nombres y estructuras que atravesaron el perĂodo: la Sociedad Rural Argentina, el Grupo Techint, el Grupo Macri (Socma/IECSA), el Grupo ClarĂn, Acindar, sectores de la UniĂłn Industrial Argentina y la AsociaciĂłn Empresaria Argentina, firmas como Ford, Mercedes-Benz, Fiat, La Veloz del Norte, el Ingenio Ledesma, los PĂ©rez Companc, Astarsa, Bunge & Born, la AsociaciĂłn de Bancos Argentinos, las Embajadas de las potencias Occidentales, estudios jurĂdicos corporativos y otros nĂşcleos del poder econĂłmico que no sĂłlo acompañaron el golpe, sino que participaron activamente en su implementaciĂłn, incluso aportando informaciĂłn sobre trabajadores y delegados sindicales luego secuestrados dentro de sus propias plantas.
Mientras los militares quedaban fijados como los Ăşnicos responsables en el imaginario pĂşblico y en las conmemoraciones, muchos de estos actores fueron consolidando su posiciĂłn econĂłmica y ampliando su influencia en plena democracia. Esa asimetrĂa en la memoria no fue inocua; condicionĂł la comprensiĂłn del pasado y, con ello, la capacidad de interpretar el presente. El prejuicio antimilitarista es una buena prueba de ello.
24 de marzo de 1976 / 2 de abril de 1982.
El divorcio que existe entre las fechas del 24 de marzo y el 2 de abril, es la prueba irrefutable de que en la Argentina, el bloque oligárquico proimperialista logrĂł disociar y luego presentar como opuestas la imprescindible polĂtica de Memoria, Verdad y Justicia que es un reaseguro del estado de derecho; y la reivindicaciĂłn de la gesta patriĂłtica en Malvinas. La recuperaciĂłn de las islas fue y es una causa nacional y latinoamericana y no fue una casualidad que la declaraciĂłn de guerra de 1982 haya movilizado en abril de aquel año al pueblo y al movimiento obrero organizado con SaĂşl Ubaldini a la cabeza a llenar la Plaza de Mayo, en plena represiĂłn militar. En esas calles se alcanzĂł un altĂsimo nivel de autoconciencia popular, un sentimiento de afirmaciĂłn territorial y de legĂtima hostilidad al ocupante colonial, más allá de quien lo impulsara.
En lo que hace al sentido histĂłrico de Malvinas, buena parte del progresismo acadĂ©mico incurre en un error de base; pretende medir la legitimidad de una causa nacional segĂşn el signo de quienes la condujeron, y no segĂşn su densidad histĂłrica, su raĂz objetiva y su significado para la naciĂłn. De allĂ deriva la conclusiĂłn simplista de que, por haber sido impulsada por una dictadura, la guerra carecĂa de legitimidad. Pero la historia no se deja reducir a ese esquema. Hay causas nacionales que desbordan a los sujetos circunstanciales que las encarnan, porque remiten a una verdad nacional más profunda que ellos mismos.
Eso fue Malvinas. La recuperaciĂłn de las islas expresaba una reivindicaciĂłn histĂłrica de la Argentina y de AmĂ©rica Latina frente al colonialismo británico, y por eso no puede ser anulada por la naturaleza criminal del rĂ©gimen que la llevĂł adelante. Más aĂşn; la guerra de 1982 implicĂł, en tĂ©rminos polĂticos y materiales, una ruptura con la lĂłgica econĂłmica y cultural que la propia dictadura habĂa venido aplicando. Fue, en ese sentido, un gesto de afirmaciĂłn y no de subordinaciĂłn. El pueblo y el movimiento obrero lo comprendieron de inmediato. Por eso estuvieron en la calle. La misma dictadura que habĂa reprimido, endeudado, desindustrializado y extranjerizado al paĂs se vio arrastrada, de pronto, a confrontar con una empresa histĂłrica que excedĂa su propia naturaleza; la recuperaciĂłn de un territorio ocupado por el imperialismo británico.
Malvinas y nuestros DDHH son facetas complementarias de la lucha nacional del pueblo argentino; afrontar los problemas de la soberanĂa nacional y defender sus recursos con nuestras FFAA integradas a un proyecto industrial de emancipaciĂłn nacional que las integre es una condiciĂłn para tener patria y derechos humanos. Vale decir, en la pobreza y la indignidad se vulneran todos los derechos. La enseñanza de la historia es nĂtida; las Fuerzas Armadas no son, en sĂ mismas, ni virtuosas ni condenables por esencia, sino que han sido histĂłricamente una expresiĂłn de las tensiones polĂticas de un paĂs inconcluso y en permanente disputa. Su orientaciĂłn y su funciĂłn dependen de la correlaciĂłn de fuerzas de cada etapa polĂtica y del proyecto de paĂs que logre imponerse —ya sea para subordinar o para emancipar a la naciĂłn.
Cuando logremos comprender que la tragedia del genocidio de los setenta y la gesta heroica de Malvinas no son hechos inconexos, sino expresiones de una misma trama histĂłrica atravesada por intereses imperiales, entonces podremos recordar una y reivindicar la otra con igual convicciĂłn en las calles. Por el momento, es un ida y vuelta de prejuicios bien infundados.
El otro aporte del Kirchnerismo
En las Ăşltimas dĂ©cadas, la marcha del 24 de marzo se ha ampliado en sus contenidos y expresiones, incorporando nuevas agendas vinculadas a distintas formas de violencia, a los derechos de las minorĂas y a debates culturales contemporáneos. Esa expansiĂłn, en muchos casos legĂtima y necesaria, tambiĂ©n fue moldeando una determinada pedagogĂa polĂtica en sectores de la militancia —particularmente del kirchnerismo y la izquierda— que, al mismo tiempo, tendiĂł a mirar con distancia o desconfianza componentes centrales de la tradiciĂłn histĂłrica argentina. En ese marco, fueron perdiendo centralidad referencias que habĂan estructurado identidad y organizaciĂłn popular durante dĂ©cadas; el sindicalismo como columna vertebral del movimiento nacional, el rol de las Fuerzas Armadas en la defensa soberana, la religiosidad popular —incluido el lugar del Papa Francisco—, la cultura criolla, el legado hispánico y el mestizaje, los sĂmbolos patrios y la causa Malvinas. Ese desplazamiento conviviĂł con la incorporaciĂłn creciente de nuevas consignas —indigenismo, ambientalismo, lenguaje inclusivo, debates sobre gĂ©nero, aborto, masculinidades, deconstrucciones y diversas agendas modernas— que, más allá de su legitimidad en el plano de derechos, fueron ocupando un lugar central en el discurso polĂtico de los Ăşltimos años. El contraste no es menor; mientras se relativizan elementos que histĂłricamente permitieron construir pertenencia nacional y articulaciĂłn de mayorĂas, se fortalecen marcos identitarios más segmentados, eficaces para la cohesiĂłn interna de determinados grupos, pero con mayores dificultades para proyectarse como base de sustentaciĂłn de un proyecto polĂtico de carácter nacional.
No es un dato menor que, incluso en expresiones locales como la de RĂo Cuarto, donde este autor vive, la lectura final del documento el pasado 24M, más allá de potentes elementos polĂticos que compusieron el texto, haya incorporado estas transformaciones discursivas al proclamar sobre el final: “treinta mil cuatrocientos compañeres desaparecides, ¡presentes!”, reflejando el modo en que estas nuevas gramáticas atraviesan hoy la construcciĂłn de la memoria colectiva.
ConclusiĂłn
Desde 1983 hasta hoy —con matices y momentos de mayor densidad polĂtica— la democracia argentina se desenvolviĂł sobre un piso econĂłmico que nunca se animĂł a discutir en serio. AhĂ está el nudo. El verdadero “Nunca Más” no se agota en condenar a los ejecutores, sino que exige enfrentar el entramado econĂłmico que convirtiĂł al paĂs en territorio de saqueo, hambre, desnutriciĂłn, incertidumbre, segregaciĂłn, individualismo, deuda y dependencia. Sin esa decisiĂłn, la polĂtica queda reducida a administrar una decadencia cada vez más profunda, mientras el poder real —financiero, mediático, judicial y empresarial— sigue intacto.
La tarea es otra; completar la memoria con soberanĂa, dotarla de contenido nacional, volverla programa y proyecto polĂtico. No hay homenaje más verdadero a los que dieron su vida que retomar la lucha por la independencia econĂłmica, la justicia social y la reconstrucciĂłn nacional. Porque en definitiva, la disyuntiva sigue siendo la misma; o la democracia se pone al servicio del pueblo y se anima a disputar el poder que la condiciona, o seguirá siendo una cáscara vacĂa que legitima la subordinaciĂłn. Siempre es preferible enfrentar la estructura de nuestra dependencia que seguir padeciendo sus consecuencias; los resultados están a la vista. El Nunca Más sĂłlo será definitivo cuando la Argentina deje de ser una naciĂłn subordinada y la justicia social deje de ser una consigna para convertirse en realidad. Para ello, es imprescindible asumir que no alcanza con administrar la alternancia con Ă©lites que han estructurado histĂłricamente la dependencia. Si el objetivo es orientar al paĂs en un sentido verdaderamente nacional, la tarea es más profunda y arriesgada; desmontar las bases materiales del poder que condicionan nuestra soberanĂa y limitan, dĂa a dĂa, la vida del pueblo argentino.





