Por Gustavo MatĂas Terzaga. Abogado. Pte. de la ComisiĂłn de Desarrollo Cultural e HistĂłrico ARTURO JAURETCHE, de la Ciudad de RĂo Cuarto, Cba.
Uno de los rasgos distintivos de la ofensiva liberal de nuestro tiempo es su capacidad para manipular el lenguaje hasta convertirlo en un instrumento de inversiĂłn moral. Bajo consignas como la llamada âindustria del juicioâ, se intenta instalar la idea de que el empleador es la vĂctima de un orden jurĂdico adverso y que el trabajador es el responsable parasitario, ocultando que el vĂnculo laboral es esencialmente desigual y que el Derecho del Trabajo surgiĂł para limitar ese poder y proteger al trabajador.
El examen del proyecto denominado âModernizaciĂłn Laboralâ no puede agotarse en la frĂa enumeraciĂłn de sus institutos ni en la apariencia tĂ©cnica con la que pretende presentarse ante la opiniĂłn pĂșblica. Estamos, en rigor, frente a un desplazamiento estructural del estatuto constitucional del trabajo consagrado en el art. 14 bis, es decir, ante un intento de reordenar la relaciĂłn entre capital y trabajo en favor del primero, alterando uno de los pilares sobre los que se edificĂł el constitucionalismo social argentino. La acumulaciĂłn de modificaciones proyectadas âen materia de jornada, horas extraordinarias, rĂ©gimen indemnizatorio, fondos de cese laboral, vacaciones, salario, perĂodo de prueba y negociaciĂłn colectivaâ revela un patrĂłn normativo coherente que no apunta a mejorar la organizaciĂłn productiva, sino a reducir la intensidad protectora del sistema y a trasladar de manera sistemĂĄtica el riesgo econĂłmico desde el empleador hacia el trabajador.
Por eso, cuando una reforma laboral debilita de manera sistemĂĄtica la protecciĂłn del trabajo, no estĂĄ modernizando el derecho ni la estructura jurĂdica laboral, estĂĄ alterando las bases constitucionales del orden social. Y esa alteraciĂłn no puede comprenderse sĂłlo como un episodio legislativo, sino como parte de un proceso histĂłrico mĂĄs amplio de reconfiguraciĂłn del poder econĂłmico y polĂtico en la Argentina. Desde esa perspectiva ây no desde la ingenuidad tecnocrĂĄticaâ debe leerse el debate actual, porque lo que estĂĄ en discusiĂłn no es simplemente un rĂ©gimen laboral, sino el lugar mismo del trabajo en la comunidad nacional.
La herencia pos Malvinas
Hay derrotas que no se miden Ășnicamente en tĂ©rminos territoriales o militares, sino en el desplazamiento silencioso de un paĂs entero de su propio eje histĂłrico. La derrota en Malvinas fue una de ellas. No sĂłlo significĂł el cierre de un capĂtulo militar, sino la apertura de un ciclo polĂtico y econĂłmico que reorganizĂł la Argentina sobre nuevas bases; debilitando su autonomĂa estratĂ©gica y habilitando la consolidaciĂłn de un programa de apertura irrestricta, desindustrializaciĂłn y subordinaciĂłn financiera que se convertirĂa, con los años, en el verdadero consenso del nuevo orden democrĂĄtico.
No se tratĂł de un simple cambio de rumbo, sino de una mutaciĂłn profunda del Estado y de la estructura social. La transiciĂłn democrĂĄtica no desmontĂł ese programa de genocidio econĂłmico a cuenta gotas; lo administrĂł, lo legitimĂł y en muchos aspectos lo profundizĂł mediante reformas estructurales, privatizaciones y reconfiguraciones institucionales que erosionaron sistemĂĄticamente las bases materiales del trabajo organizado y del Estado social. La democracia recuperada conviviĂł asĂ con una economĂa cada vez menos nacional, una soberanĂa cada vez mĂĄs langidecida y con una sociedad progresivamente mĂĄs fragmentada.
La retracciĂłn industrial que atraviesa la Argentina no puede interpretarse como un accidente histĂłrico ni como el simple efecto de ciclos econĂłmicos adversos en el marco de la naturalizaciĂłn de la alternancia polĂtica, sino como la consecuencia lĂłgica de un patrĂłn de acumulaciĂłn consolidado a lo largo de dĂ©cadas que ha subordinado la producciĂłn y el trabajo a la primacĂa de la renta exportadora y la valorizaciĂłn financiera. Lejos de tratarse de una fatalidad o de una supuesta incapacidad estructural, este proceso responde a una decisiĂłn polĂtica persistente del bloque de poder que administra el excedente generado por las commodities en funciĂłn de sus propios intereses, configurando un modelo econĂłmico cuya Ășnica coherencia estratĂ©gica âlamentablementeâ ha sido la consolidaciĂłn de un proyecto claramente antinacional.

La estrategia de desarticular al sujeto histĂłrico
El neoliberalismo no es Ășnicamente un modelo econĂłmico; es, sobre todo, una estrategia de poder. Su objetivo central ha sido debilitar al sujeto colectivo del trabajo no sĂłlo en la fĂĄbrica, sino en la cultura, en la educaciĂłn, en el sentido comĂșn y en la identidad social. La actual ofensiva contra los derechos laborales es tambiĂ©n un ataque final al sindicalismo argentino âdisfrazada bajo el lenguaje amable de la âmodernizaciĂłnââ no es un fenĂłmeno novedoso, sino la culminaciĂłn normativa y jurĂdica de una transformaciĂłn iniciada hace dĂ©cadas en el plano cultural, econĂłmico y organizacional.
Dicho sin rodeos, la reforma laboral en debate no busca mejorar la productividad ni corregir desajustes frente al avance de los tiempos; apunta a quebrar definitivamente al sujeto histĂłrico que, con todas sus contradicciones, fue el principal lĂmite al poder econĂłmico en la Argentina. Por eso, la defensa del movimiento obrero organizado no es una consigna nostĂĄlgica ni una reivindicaciĂłn corporativa, es una condiciĂłn indispensable para cualquier proyecto nacional sustentable con vocaciĂłn de soberanĂa y justicia social.
La continuidad histĂłrica de la CGT
En ese escenario, la CGT âaĂșn fragmentada, aun desgastadaâ sigue encarnando una continuidad histĂłrica que no pudieron destruir ni el globalismo, ni la dictadura genocida, ni AlfonsĂn, ni el neoliberalismo de los noventa, ni las restauraciones conservadoras posteriores. Ha sido blanco sistemĂĄtico no sĂłlo del poder econĂłmico y de las expresiones partidarias del establishment, sino tambiĂ©n de sectores que se autodefinen como populares y que nunca comprendieron que sin organizaciĂłn obrera no existe democracia efectiva para el pueblo.
Un progresismo de matriz cultural, todavĂa influyente en ciertos espacios, adopta acrĂticamente el relato de la âburocracia sindicalâ como explicaciĂłn totalizante. Esa narrativa funciona como un dispositivo de deslegitimaciĂłn del Ășnico actor colectivo con capacidad real de disputar poder y establecer lĂmites al capital. El problema no consiste en exigirle a la CGT que vuelva a ser lo que fue, sino en reconstruir el sujeto histĂłrico que le dio origen y potencia.
Porque lo que atravesamos no es una crisis mĂĄs, es la fase final de un modelo de dominaciĂłn y de demoliciĂłn nacional que desde el golpe de 1976 avanza sobre los restos de un paĂs que supo tener un movimiento nacional, industrial y soberano; el de PerĂłn y Evita. Aquella irrupciĂłn violenta buscĂł amputar la memoria popular, desarticular la conciencia nacional, eliminar la representaciĂłn sindical y disolver los vĂnculos de solidaridad en nuestra sociedad.
La clase trabajadora fue convertida en variable de ajuste mediante represiĂłn directa, desapariciĂłn de dirigentes y disciplinamiento social, mientras una ofensiva cultural persistente reducĂa al sindicalismo a una caricatura tĂłxica. El menemismo, como fase polĂtica de profundizaciĂłn del programa de MartĂnez de Hoz, consolidĂł la extranjerizaciĂłn y la desindustrializaciĂłn, pero tambiĂ©n licuĂł desde el propio peronismo al sujeto social que le habĂa dado origen.
Las limitaciones del ciclo K
En los años posteriores a 2003 se intentĂł recomponer una polĂtica nacional, aunque sin alcanzar una verdadera estructura popular organizada. Cristina FernĂĄndez de Kirchner se convirtiĂł en figura central de un modelo que, pese a conquistas significativas y disputas con poderes concentrados, operĂł crecientemente con lĂłgica palaciega. La rosca desplazĂł a la representaciĂłn y el verticalismo reemplazĂł la construcciĂłn colectiva.
El movimiento obrero fue utilizado como base electoral, pero relegado como actor polĂtico autĂłnomo, y el vĂnculo comenzĂł a resquebrajarse definitivamente en 2011, tras la muerte de NĂ©stor Kirchner. Desde entonces, el sindicalismo pasĂł a ser visto con sospecha âcuando no directamente como un estorboâ en el esquema de poder, en contraste con la tradiciĂłn histĂłrica en la que PerĂłn sostenĂa un vĂnculo cotidiano y orgĂĄnico con la central obrera. Esa desconfianza hacia todo poder popular autĂłnomo, que bajo una conducciĂłn estratĂ©gica puede fortalecer a un gobierno y a un proyecto nacional, terminĂł erosionando la posibilidad de reconstruir una verdadera columna vertebral durante el kirchnerismo. Lejos de consolidarse, esa base fue progresivamente vaciada, debilitando la capacidad estructural de un proyecto que necesitaba, mĂĄs que nunca, apoyarse en su sujeto histĂłrico.
El cambio en la estructura del trabajo
Sin embargo, no todo el retroceso sindical se explica por decisiones polĂticas. El mundo del trabajo se transformĂł profundamente. La precarizaciĂłn, la tercerizaciĂłn, la automatizaciĂłn y la expansiĂłn de nuevas formas laborales desancladas del empleo formal erosionaron la densidad organizativa clĂĄsica. Trabajadores de plataformas, monotributistas crĂłnicos y sectores informales crecieron por fuera de los canales tradicionales de representaciĂłn, reduciendo la base material del sindicalismo.
A esta situaciĂłn se suma un dato decisivo. Las acciones del sindicalismo carecen de capitalizaciĂłn polĂtica real, en gran medida como resultado de una dirigencia polĂtica cupular absorbida por la lĂłgica de la rosca y la disputa de centralidades relativas, mĂĄs preocupada por la administraciĂłn del poder que por la construcciĂłn de una base social organizada. En ese marco, con menos trabajadores formales, menor poder de fuego y un Estado debilitado, se le exige a la CGT una capacidad de acciĂłn que sĂłlo podrĂa existir con un movimiento obrero plenamente articulado y respaldado por una conducciĂłn estratĂ©gica que hoy no aparece o no logra consolidarse. Y sin embargo, aun en su estado de fragmentaciĂłn y desgaste, la central obrera ha hecho mĂĄs que buena parte de la oposiciĂłn polĂtica. Ha puesto el cuerpo en los momentos decisivos mientras otros optaban por la especulaciĂłn, evidenciando que, incluso debilitado, el movimiento obrero sigue siendo el Ășnico actor colectivo con capacidad real de expresar resistencia social organizada. En este contexto, si el peronismo aspira a constituirse en una alternativa polĂtica hacia 2027, deberĂa comenzar a ofrecer señales concretas de la tantas veces invocada unidad, convocando a los principales actores polĂticos y sociales en torno a un programa comĂșn que no sĂłlo reconozca, sino que acompañe, sostenga y fortalezca la lucha de los trabajadores como eje ordenador de cualquier proyecto nacional con vocaciĂłn de futuro.
La batalla por venir
Macri, Milei y toda futura restauraciĂłn conservadora no hacen mĂĄs que inscribirse en una misma lĂnea histĂłrica; la continuidad del programa inaugurado por MartĂnez de Hoz y profundizado por el menemismo, cuyo objetivo estratĂ©gico ha sido desmontar el principal dique de contenciĂłn frente al avance antinacional, encarnado en el modelo sindical argentino.
La reconstrucciĂłn no vendrĂĄ desde los despachos ni desde los laboratorios de opiniĂłn, sino desde las organizaciones reales, desde los delegados de base, desde las cooperativas, los barrios y las instituciones comunitarias. Desde ese subsuelo donde todavĂa late lo nacional. La disputa que se abre no es sĂłlo por salarios, derechos o convenios; es una batalla por la historia, por la dignidad y por el sentido mismo de la naciĂłn y su comunidad. Si existe un futuro posible, serĂĄ con el movimiento obrero como sujeto polĂtico central, porque no hay naciĂłn sin clase trabajadora organizada, ni peronismo ni movimiento nacional sin su columna vertebral en pie.





