Escuchamos: “Que el conurbano, esa inmensa porción de seres humanos que no tiene salvación, se transforme en un campo de concentración”. Es un problema, muy antiguo, aclaran, de cultura y marginalidad. “Las cabecitas que ponderan”…
La esterilización es su propuesta más tibia: “Depende del método”. “Me entusiasmo”, dicen. Un muro, a lo Trump, un cerco bajo amenaza de ataque, agregan, salvo que sea “muy caro”. Porque lo presupuestario -la veta economicista, el flujo libidinal del capitalismo que opaca la política- es lo más importante. Insisten: “o tal vez expulsarlos del territorio nacional. Proceder frente a la portación de cara”, portando armas oficiales, oficialmente arbitrarias.
“Derechos” es motivo de risa. Estallan los aplausos y las carcajadas. Los guiños no se oyen, pero se ven, se adivinan, se insinúan. Se relamen y toman aire porque están excitados. “O tirar napalm desde aviones, porque el conurbano es un territorio que no tiene retorno”. Dar aviso previo, claro, porque hay personas que uno considera que hay que salvar. Así de arbitrario sería todo. O que se extirpen del territorio nacional. Erradicar: exterminar es la tarea.
“Los cagones no hacen historia”. Se envalentonan. Es el programa de stream llamado “Carajo”, oficialista, lo que escuchamos.
Escuchar ese recorte requiere soportar altísimos niveles de aturdimiento. Gabriel Giorgi, en su libro pequeño e imprescindible llamado “Parar la oreja. Notas para una política de la escucha”, sostiene que está en disputa el territorio de lo decible y de lo indecible, de lo audible e inaudible, está en disputa el sentido, ese articulador político entre lenguaje y esperanza. La escucha, nos dice, es la trama material en la que se hace y deshace el sentido. La escucha como expansión del umbral desde el que contrariar los aturdimientos del experimento fascista. Y esta última palabra, por más que sea difícil pronunciarla, es más, aceptarla, en algunos pliegues de la emancipación, aceptar la existencia de ese poder que circula entre nosotrxs, en la sociedad, en el país, en el magma libidinal del gobierno y en su teoría del Estado, nombra un poder espesísimo y antiguo. Ese poder capaz de religar clases antagónicas, de inhibir (o aminorar) la lucha de clases, de hacer convivir la heterogeneidad -con violencia libre e irresponsable cuando es necesario, con el fin de reducir las divergencias y anular el disenso- y ponerla en diálogo con lo sagrado, entendido como autoridad o un principio incondicional, encarnado en la figura del jefe. Son cuestiones que podemos aprender en otro libro pequeño e imprescindible, “La estructura psicológica del fascismo”, de Georges Bataille, de 1933, contemporáneo de la vertiente europea arqueológica de este poder que ha retornado, y lo explica no solo como fenómeno económico y político, sino también como fenómeno afectivo, simbólico y psicológico.
La escucha, si paramos la oreja, puede tomar dos caminos. Son dos niveles simultáneos en los que la oreja se desplaza: las palabras y su contenido, por un lado, y el movimiento sonoro de lo cruel, por el otro. Ahora bien, ninguna actividad erótica podría ser asociada con la crueldad. La crueldad sonora, chorro incesante que horada sensibilidad y oído. Para recorrer ambos caminos necesitamos hacer un ejercicio: escuchar. Escuchar sin mirar lo que la imagen ofrece, en el plano de la banalidad. Desdoblar la escucha para identificar esa corriente violenta que no sólo está habitada por el mensaje, contundente, sino también por la escena y sus banales, risueños, bizarros sonidos. En la ambivalencia “humorística” se traman decires y omisiones. Miradas, guiños cómplices. Pausas estridentes, rotundas, nítidas. Sin embargo, la conversación ya instaló la trama de lo indecible en las bocas afiladas de desparpajo.
Ya entró en acción el filo sugerente de lo que se dice en el plano atroz, y lo que se inocula en el plano atroz, también. Hay palabras ya enunciadas, un proyecto de exterminio y reclusión, hay -al mismo tiempo- palabras suspendidas y aun así también activas, activadas. Granadas infernales. Risas y aplausos mientras tanto. Se congracian, se relamen, se impulsan. Adulan el espanto, se regodean de llenos, están saciando el hambre genocida mientras hablan, ríen, siguen hablando. Festejan el plan; sus opciones siniestras disputan palmo a palmo; no están hablando de seres humanos, sino de números. Son desechos, están perdidos, dicen, y el plan se ejecutará de acuerdo a la conveniencia presupuestaria. Están discutiendo presupuesto mientras juegan al ajedrez humano: el saqueo, la extranjerización de la tierra, la expulsión, el destrozo, el mapa erradicante que despliegan. Esto sucede porque el fascismo es un poder de atracción puro e intenso, un poder habitado por una cantidad de seres que excluyen la posibilidad de la afirmación del disidente como semejante. Es una forma radical de la exclusión que exige avidez. La ausencia de fuerzas políticas revolucionarias asegura la supervivencia de este poder que ha retornado y que fluye, hoy, entre nosotrxs.
El plan está en marcha. Lo resistimos a calles, marchas, plazas llenas, sonoridades contrarias. Los suicidios y las violencias crecen, porque las maneras de arrasar avanzan día a día, noche a noche, palmo a palmo, y existir es la disputa con lo irrespirable.
Para que se escuche el campo nacional y popular en esta etapa histórica, debe reponer una carencia: la perspectiva revolucionaria. Guiadxs por las “visiones primates” de la historiadora de la consciencia Donna Haraway podemos decir que la perspectiva revolucionaria implica desestabilizar todos los relatos y todas las ideas inherentes a la vida capital. Esa desestabilización se puede verificar cuando se organiza un movimiento social para el cual el cambio emancipatorio se propone como un hecho posible.
¿Cómo conversan el horror y la risa? ¿Qué le hace el horror a la risa y qué le hace la risa al horror? ¿Qué complicidades enlazan y qué nos sucede a quienes asistimos con el cuerpo a la escucha, quienes sostenemos con el cuerpo la escucha? No podemos ni queremos cerrar los orificios auditivos porque el saqueo también se ensaña con todos los órganos de nuestra sensibilidad. El lenguaje también es un órgano de sensibilidad, y no vamos a entregarlo. Afinemos la escucha y redoblemos sonoridades, hagamos de nuestros sonidos un interminable, refractario, insurgente, furioso eco.
¿Se escucha?
Fuente: Página 12





