Por Hugo Busso. Autor de “Ecoocreatividad. Utopías concretas para tiempos inciertos”, EDUVIM, Argentina, 2025.

 La crisis venezolana ha sido presentada durante años como un conflicto político interno agravado por sanciones y bloqueos causados por la brutalidad insensible y tirana del Orden neocolonial de la mundialización financiera neoliberal, acompañada por la pésima gestión gubernamental de los gobiernos bolivarianos (Hugo Chavez, Nicolas Mduro). Sin embargo, reducirla a esa lectura es ignorar un fenómeno mucho más profundo: Venezuela se ha convertido en el espejo de un sistema internacional que no puede resolver sus tensiones mediante la diplomacia y la solidaridad cooperativa, sino mediante la fuerza brutal de la intervención militar y la amenaza deliberada de asfixia geopolítica y económica. Es el síntoma de un mundo que, atrapado entre la urgencia climática y la adicción del petróleo, responde a sus contradicciones con violencia creciente sin alternativas superadoras. No es la impotencia de la Razón, a la que estamos acostumbrados luego de la Revolución Francesa, las independencias de las colonias en America Latina y las dos grandes guerras Inter imperialistas (1914/1939). Si no, más precisamente, a su negación misma.

Un modelo energético agotado que se niega a morir

Mientras gobiernos y corporaciones hablan de “transición energética” y “desarrollo sostenible”, la realidad es que el petróleo sigue siendo el corazón ineludible del sistema económico global. La crisis climática exige cambios radicales, pero la estructura del capitalismo fósil parece incapaz de transformarse. El problema ya no es solo el agotamiento de los recursos —muchos de ellos en declive y de los que tiene fecha de caducidad muy en breve como el cobre y las materias raras—, sino la incapacidad de los Estados y las élites económicas para modificar las bases materiales que sostienen la vida contemporánea. El “más de lo mismo” neoliberal o el “ecofascismo” (híbridos de horizontes modernos, nacionalistas, libertarios, liberales en donde la regla será la degradación democrática y un autoritarismo atroz por primacía del mercado o del Estado) aparecen como poco entusiasmantes, como una ansiedad escéptica y angustiante para los imaginarios sociales, en la danza geopolítica actual.

La pregunta es inevitable: ¿hasta dónde estamos dispuestos a sostener un modelo energético que nos conduce al colapso? Y, sobre todo, ¿qué estamos aceptando como normal en nombre de su supervivencia?

El petróleo venezolano: historia de un botín codiciado

Venezuela posee alrededor del 18% de las reservas probadas de petróleo del planeta. Su control ha sido históricamente un punto de fricción geopolítica. En 1976, el gobierno de Carlos Andrés Pérez nacionalizó la industria y creó PDVSA, en un contexto donde la socialdemocracia aún defendía políticas de igualdad. Entre 2007 y 2010, el gobierno de Hugo Chávez embargó activos de ExxonMobil y ConocoPhillips, que abandonaron el país tras litigios internacionales.

Hoy, el objetivo de las grandes petroleras estadounidenses es recuperar ese crudo y reinsertarlo en su órbita de control, en un mercado global cada vez más inestable. La designación de Chris Wright —figura destacada de la industria del fracking en EE. UU— como secretario de Estado de Energía, y el ataque del presidente Donald Trump al Acuerdo de París, no son hechos aislados. Forman parte de una estrategia energética que combina negacionismo climático, expansión fósil y control geopolítico. La pérdida del control de su “patio trasero” (America Latina) porque China ha hecho acuerdos comerciales y ha afianzado relaciones políticas estratégicas, para ir controlado sus cadenas de valor en Africa y América Latina es muestra del ascenso chino y declive ineluctable del mundo unipolar instalado después del acuerdo de Yalta. Es decir, de la instalación constante del mundo multipolar de un Nuevo Orden Internacional que está instalado y definiéndose en su aparición.  Nuevo Orden aun en desorden y en caos, además de muy complejo en sentido espitemico, muy desigual en la distribución de la riqueza, con muchos riesgos y peligros de guerras, en medio de desastres climáticos y temperaturas en alarmante aumento. Ya no será posible ni conveniente reducir la nueva complejidad multidimensional del “mundo terrestre” a las solas variables economicistas características de la mundialización económica financiera neoliberal de origen anglosajón.

La doble vara de Occidente

Europa y occidente en general sancionaron a Rusia por la invasión a Ucrania, pero no aplica el mismo criterio cuando se trata de Estados Unidos. La ilegalidad y la injusticia parecen haberse borrado del discurso de la derecha global, que justifica intervenciones, secuestros y muertes cuando conviene a sus intereses. La ley se vuelve selectiva: se aplica en una sola dirección. El extractivismo, en cambio, no conoce límites jurídicos ni éticos, más allá de la desmesura explicita del deseo de acumular más, por la acumulación misma. La vida es, al final de cuentas para la derecha “liberticida”, una auténtica quimera.

Un patrón que se repite: Irak, Libia, Irán, Afganistán… y ahora Venezuela

Desde finales del siglo XX, los grandes conflictos militares han tenido un denominador común: petróleo y control geopolítico. Irak (1991 y 2003), Libia (1986 y 2011), Irán (1987), Afganistán (2001), Kuwait (1991), Venezuela (2026) … Distintos escenarios, un mismo patrón de comportamiento. Venezuela, Irán e Irak encabezan la lista de países con mayores reservas del mundo. Las conclusiones son difíciles de ignorar, las inferencias son casi automáticas ya que no necesita un psicoanálisis de varios años para desentrenar deseos ocultos…  Pero hay algo nuevo en el discurso de Trump, en un mundo en llamas en el que él corre rápido y arrogante a invadir para saquear el petróleo de países soberanos, burlando el derecho internacional y salteándose los permisos de sus instituciones políticas estatales e internacionales (una vez más). La palabra “petróleo” apareció 23 veces; “democracia”, ninguna, y esto es más que significativo. Antes se auto justificaba hacerlo por “la democracia”, “los derechos humanos”, se refería al peligro a “armas de destrucción masiva” …El mensaje ahora es transparente: se ha terminado cualquier pretensión de respetar el derecho internacional. Ni siquiera se informó al Congreso americano antes de actuar. El imperio de los hechos se impone sin disimulo y de modo consciente afirmando Imperialmente: “soy el más fuete y necesito más energía para el crecimiento económico” (petróleo, no cocaína…, aunque algunos políticos busquen ambas).

Las “anti-luces”, o el retroceso del derecho

La Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano afirmaba en su Artículo 1 que “los seres humanos nacen y permanecen libres e iguales en derechos”. No porque sean iguales en origen, sino porque la libertad y la igualdad son condiciones jurídicas que deben ser garantizadas constitucionalmente. Ese principio —el a priori que hacía posible el derecho internacional— se ha oscurecido. En este interregno histórico, figuras como Trump, Milei, Orbán o Putin encarnan un retorno a la política de fuerza, donde el derecho del otro desaparece frente al deseo de acumulación.

Las luchas anticoloniales demostraron que el derecho podía transformar el mundo mediante la política y la instauración democrática consensuada de instituciones adecuadas a nivel nacional y a nivel internacional, a partir de la declaración Universal de los derechos humanos de 1948, acordada por la ONU. Hoy asistimos a su derrota global a manos de la plutocracia americana (según califica el premio Nobel de economía estadounidense Joseph Stiglitz al ascenso del segundo mandato de Trump). No porque fuera una quimera, sino porque ha sido deliberadamente desmantelado.

Las fuerzas políticas modernas progresistas, socialistas, liberales, así como la izquierda marxista y los partidos ecologistas deben hacer una autocrítica profunda al respecto de la situación. ya que no compensa ni renta echarle la culpa al “matón del barrio”, musculoso y brutal. Ya no se trata solo de criticar o ser testimonial desde una oposición eterna, sumisa y condescendiente. De lo que se trata es de ser más propositivo, si y solo si, se tiene algo que decir. Irse a Marte en un Tesla, no es ninguna solución al parecer… Desde la ecoocreatividad pensamos que un horizonte filosófico de sentido transmoderno como superación del progreso productivista se abre como posibilidad postneoliberal[i]. El camino es, como lo venimos sosteniendo hace años, la ecoocreatividad: más ecología, más cooperación y mucha creatividad institucional para desarmar instituciones caducas y crear las nuevas, más adecuadas como respuestas a situaciones que meritan entender a la democracia como gestión radicalmente democrática de la incertidumbre y la ignorancia. Incorporando nuevos actores desde principios de habitabilidad convertidos en derechos y leyes constitucionales.  La idea de pueblo, soberanía y libertad debe resignificarse desde criterios más convivales al ritmo de la igualdad solidaria y cooperativa. Tenemos materia prima para pensar en profundidad desde las éticas de la hospitalidad[ii], de la consideración[iii] y de la liberación[iv].

¿La derrota del derecho internacional?

La historia del derecho es también la historia de sus tensiones: entre los hechos y aquello que, entre los hechos, se erige como límite. Hoy ese límite ha sido borrado al ser ignorado el derecho, la Ley que lo regula. Persisten las desigualdades —eso es un hecho—, pero también es un hecho que no existe derecho a que esas desigualdades se perpetúen. La invasión de Venezuela marca un punto de inflexión en el derecho internacional y en l mundialización económica hegemónica. No solo por el saqueo descarado petróleo y de las materias raras en todas sus versiones extractivistas y la imposición del capitalismo financiero de los commodities, sino por lo que revela: para el imperio, de modo deliberado y explicito ya no existe el Derecho del Otro, solo existe el deseo insaciable de acumulación y de poder geopolítico en disputas con los BRICS. Momento de inflexión y oportunidad, el tiempo del Kairos para la Union europea y para los países al sur del Rio Clorado (Abya Yala – America Latina-). Porque ya paso el tiempo de la crisis, el tiempo de la oportunidad (Kairos) ya está en curso.  Asistimos y entramos en el tiempo de la dehiscencia (la explosión del fruto que ya cumplió su ciclo y disemina sus semillas…), donde no podemos ver aun, en pleno parto, la forma del contenido del Nuevo Mundo.

El mundo ha cruzado un umbral peligroso, lo sabemos. Riesgos de penurias materiales, de guerras, conflictos generalizados y derrumbes ambientales van de la mano.  Y la pregunta que queda flotando es tan simple como inquietante en esta nueva era de oscuridad que abre el interregno del declive de la hegemonía unipolar occidental a un mundo multipolar, con China como líder en ascenso: ¿qué estamos dispuestos a aceptar como “normal?  Esto interpela el orden del deseo individual y el sentido del imaginario político actual, que debe instituir una nueva manera creativa de gestionar su destino. No parece que estemos en un mundo aburrido… Ni en una civilización que sea conveniente para vivir en paz y fraternidad entre os pueblos.

Para Gandhi la paz no es una alternativa, es el camino. En el camino mismo, no al costado, están también todos los Terrestres… EL dilema, tal vez demasiado evidente e infantil, es, ¿caminamos y compartimos el camino entre humanos y no humanos? o ¿marchamos a la guerra y la destrucción para unidad nuestros intereses particulares?

Como decía Bugs Bunny al comienzo de cada tira de dibujos animados, ¿qué hay de nuevo, viejo?

[i] (2025)  « Transmodernité et écoocréativité. L’avenir écologique et décolonial de la philosophie de la libération », Les Temps qui restent, Numéro 7, Automne (octobre-décembre).

[ii] INNERARITY, Daniel (2008) Ética de la hospitalidad, Quinteto, España.

[iii] PELLUCHON, Corine (2022). Les lumières à l’âge du vivant, Seuil, Francia.

[iv] DUSSEL, Enrique (2002) Ética de la liberación en la edad de la globalización y de la exclusión, Trotta, España