Por Ariel Lugo. Dr. en Filosofía y Mg. en Cs. Sociales y Humanas con orientación en Filosofía Social y Política.
De chico siempre tuve una aversión a participar en actos de la escuela, actué en algún que otro acto –seguro de granadero o velero– aunque sin que se apartará de mi esa espantosa sensación que podría hacer el ridículo delante de todos. Aun así lo hacía, pero la posibilidad de hacer el ridículo siempre permanencia latente. Me costaba hablar en público, como veo que les ocurre a otros. Se podría decir que el ridículo es un espanto para no pocos. Cierta evitación al ridículo hace que uno se mantenga a distancia de ciertas conductas, no por puro pudor, sino porque que esa situación –de miedo al ridículo– hace que se piense y se repiense lo que se va a realizar.
Si trasladamos lo anterior al ámbito político, pareciera que no se condice con la misma lógica. No es que no haya gente que no tengan esas reservas y que el ridículo no sea una cuestión que los repela a presentar cualquier “cosa” en público. Pero cada día más se puede ver una puesta en escena de esa cierta inmunidad ante el ridículo y el escándalo. Una cierta impermeabilidad ante lo grotesco y obsceno que hace que los límites se vayan instalando un poco más allá y algo más se tolere, a lo que nos vamos adaptando cada día mejor o al menos sin interponer algún esbozo de critica o protesta. Porque es difícil saber por dónde empezar.
La introducción de lo descabellado, de lo irracional, de lo ridículo, de lo grotesco, como formas de ir delineado una cierta manera de cosmovisión que se auto nutre de esa estupidez. Un cierto manejo brutal del lenguaje, una exposición obscena de lo que piensan o, mejor dicho, de lo que prejuzgan. Una pérdida de miedo a la ridiculez al vestir, al caminar, al adornarse. Un uso del escándalo que redunda en la imposibilidad de no saber por dónde empezar a analizar. Afirmaciones que no resisten la más mínima constatación con los archivos donde expresan cuestiones diametralmente opuestas a las sostenidas con escasos meses, días y hasta horas de haberlos enunciados. Una pornográfica forma de llevar adelante su “pensamiento político” –acá sería necesario multiplicar sin fin las comillas–. La intromisión del espectáculo grotesco como forma de hacer “política”. Ese campo arado en el que casi a diario se lo abona, riega y siembra con escándalos berretas, pero en el que se cosecha la posibilidad que nada sea considerado como algo realmente grave o con el verdadero peso que debería tener, como ser: la modificación de la ley laboral y la ley de glaciares, la declaración de terrorista a la Guardia islámica de Irán, la votación en contra en la ONU de condenar la esclavitud en África y la prevención y eliminación de la violencia contra las mujeres y niñas, etc. El modus operandi es similar donde lo obsceno es la forma. Ir diluyendo, atestando con noticias que van excediendo cada día un poco más los límites de lo soportable. Ahí es donde se puede cosechar los frutos de ese embrollo que descalabra la posibilidad de no saber por dónde comenzar. No se sabe cómo empezar a desembrollar esa gran madeja de disparates, crueldades y estupideces con las que a diario nos topamos. Pero no hay ingenuidad, no nos confundamos. Hay una deliberada manera de hacer lo que hacen. O al menos, ya que sería una concesión exagerada que todo está planeado, quizá, en ese regocijo en el poder, en esa cierta impunidad que otorga el decidir por todos es que se van envalentonando y comienzan a decir lo que piensan, pero no piensan lo que dicen. Por eso en políticas como las de Milei vemos sinceridad, pero no ingenuidad. Hay formas, gestos, acciones que van configurando una manera de ver al otro, en realidad de obliterarlo. La entonación de los discursos, los shows en vivo pretendiendo que canta, pero no solo eso, los escándalos de sus funcionarios, la forma excesiva de ridículo, de obscenidad hace que no podamos enfrentarnos con ese inmenso ovillo que todo lo amontona y produce una melange indescriptible. Eso funciona, no podemos decir que no. Saben hacerlo, saben inventar, o ni lo inventan, pero lo usan con destreza. No necesitan que otros tengan algún escándalo, que se busque tapar con algún romance de la farándula ciertos errores o manejos turbios, ellos son los productores de los escándalos, ellos son el escándalo.

Marcia Tiburi (2020) viene en nuestra ayuda con su concepto de ridículo político que
“…se refiere a un escenario, un ambiente o atmósfera pública. Los personajes que se presentan como caricaturas, y sin ninguna vergüenza de serlo, dentro de una industria de la comunicación manchada por la mentira y las noticias falsas, representan una especie de nuevo capital político que se ha producido y consumido ampliamente en la época de la política reducida a la publicidad… sin embargo, en un primer momento las poblaciones afectadas por tales discursos no toman en serio, o lo hacen poco, lo que dicen los portadores del discurso del odio, precisamente porque no entienden su contenido o, al entenderlo, piensan que son puras flatus vocis. Estos personajes políticos son considerados exagerados, caricaturescos, en una palabra, grotescos y/o ridículos, pero al mismo tiempo, ellos son divertidos. Se hacen merecedores de votos y victorias electorales por varias razones, como la venganza y el resentimiento de los votantes contra los políticos de izquierda”. (Ridículo político: análisis de una mutación estético-política. Nuevo Itinerario, 16(2), p. 224. https://doi.org/10.30972/nvt.1624538)
No se los toman en serio, son un constante meme, un chiste permanente que aparenta ser inofensivo, pero cuando uno se percata ya es muy tarde. Hacen daño. Lo hacen, cada vez más, sin miramientos, cruelmente. Expresan sus intenciones abierta y vulgarmente, nada parece ser un límite a su ridiculización de los propios ridículos protagonizado por ellos anteriormente. Nada resiste la más mínima comparación, todo parece sacarnos una mueca risible, no porque cause gracia, sino por lo irracional, lo ilógico, lo insensato que desbarata todo análisis.
Todavía, por fortuna, algo sigue permeando en mi sensibilidad a la ridiculización, quizá sea eso que me permite mantenerme crítico ante esos grotescos espectáculos que mencionaba arriba. Tal vez, esa pequeña reserva donde el miedo a la ridiculización penetra hace que se conserve una resistencia que sirva de faro para que no todo se pueda volver un espectáculo infame, para que no todo sea permitido, para que todo aquel que halle un atisbo de espanto ante esa verborragia sin sentido, ante esas agresiones a todo aquel que no piense lo mismo –reduciéndolo a una cuestión maniquea y perimida de catalogación de zurdos, kukas, que viven del Estado, etc.– se tornen en otra forma de comprensión de lo político, donde no se claudique a que la única manera es la escandalosa ridiculez. Esa grosera forma de apertura de las sesiones ordinarias, que dan forma a lo informe, hace que nos replantemos: ¿cuál es el límite? ¿lo hay? ¿todo se puede transformar en un escándalo, en una mediocre forma que lo inunda todo? Si eso prevalece, si todo deviene en ese tratamiento fútil entonces nada se torna serio, nada reviste importancia, pero por allí se introduce y se incrusta que todo es importante, desde las formas de decir y las de callar. Ese tiro por la culata, tal vez, no deja de estar viniendo y cada vez con más potencia para que no todo sea un espectáculo infame.





