Por Hugo Busso. Autor de “Ecoocreatividad. Utopías concretas para tiempos inciertos”, EDUVIM, 2025.

El concepto de “chúcaro”, tal como es elaborado desde la ecoocreatividad, puede comprenderse como una categoría filosófico-política arraigada en la experiencia histórica latinoamericana de la colonización, la dependencia y las múltiples formas de dominación interna. Lejos de designar un mero rasgo de carácter o una actitud individual, el “chúcaro” remite a una modalidad de subjetivación colectiva marcada por la insumisión, la resistencia y el rechazo del orden hegemónico. Todas las gestas libertadoras del continente en el siglo XIX y XX hicieron la experiencia de algún modo. También los caudillos que no se sometían al poder Unitario y a los intereses del imperio británico, hegemónico en esos tiempos.

En el léxico colonial, el término “chúcaro” —históricamente asociado a lo “salvaje”, lo “indómito” o lo “refractario a la civilización”— opera como una categoría descalificante, destinada a legitimar los dispositivos de control, normalización y violencia ejercidos sobre las poblaciones subalternas. Desde nuestra perspectiva, sin embargo, realizaos una inversión crítica de esta significación: aquello que era estigmatizado como déficit de civilización se convierte en el núcleo ético y político de la libertad.

En este sentido, el “chúcaro” designa la parte irreductible del sujeto dominado que escapa a la totalización del sometimiento. Expresa una libertad anterior y exterior a los marcos jurídicos, institucionales y discursivos impuestos por el poder colonial, oligárquico o neocolonial. Esta libertad no se concibe como un derecho concedido, sino como una potencial de negatividad:  negativa a la tutela, negativa a la integración subalterna, negativa a una “civilización” que se presenta como máscara ideológica de la dominación.

La potencia crítica del concepto se manifiesta con particular claridad en su oposición al uso hegemónico del significante “libertad”. En boca del colonizador, del burgués o de las élites gobernantes, la libertad funciona como un discurso de legitimación: justifica el orden existente, naturaliza las desigualdades y transforma la dominación en necesidad histórica o moral. El “chúcaro”, por el contrario, desvela esta operación ideológica al poner en evidencia la contradicción entre el discurso de la libertad y las prácticas efectivas de desposesión, explotación y violencia simbólica.

Así comprendido, el “chúcaro” entra en resonancia con las tradiciones críticas latinoamericanas, en particular con la filosofía de la liberación, la teoría de la colonialidad del poder y los pensamientos decoloniales. Comparte con estos enfoques una desconfianza radical hacia los universalismos abstractos y una atención privilegiada a las voces de los vencidos, los humillados y los excluidos del relato moderno. El “chúcaro” no es un sujeto romantizado de la marginalidad, sino una figura de conflictividad permanente, irreductible a las lógicas de pacificación y consenso. En Argentina ese potencial está acumulándose y en efervescencia por ahora, casi inaudible. Aunque la sangre no se volverá agua… Cuestión de tiempo, nomas.

En definitiva, el “chúcaro” puede leerse como una categoría político-existencial que nombra la persistencia de un deseo de libertad no domesticado, de una resistencia que no busca reconocimiento ni legitimación por parte del poder, sino que afirma, en su propia negatividad, la posibilidad de otro horizonte histórico. Si el “chúcaro” es lo contradictorio con lo impersonal del dócil y sumiso, su esencia insumisa y rebelde esta acechando a su parte domesticada. Porque el presente le exige mayor lucides y consciencia, ser lo irreductible de la verdadera libertad y dignidad insumisa para enfrentar la grosería del fracaso anunciado por el ruido actual de la motosierra…

Pero , a no olvidar lo que cantan los Redonditos de Ricota: hay potros que mueren, ¡sin galopar!