El cardenal Secretario de Estado, Pietro Parolin presidió esta última semana una misa con motivo de la inauguración del año judicial del Tribunal Vaticano y sostuvo que es necesario “que la justicia busque la plena reinserción humana y social del condenado”.
El cardenal Secretario de Estado presidió la misa en la Capilla Paulina del Palacio Apostólico con motivo de la apertura del año judicial del Tribunal Vaticano.
“En muchísimos países, el objetivo reeducativo de la acción penal se ve a menudo mermado debido a la escasez de recursos destinados a los centros penitenciarios de corrección”, expresó y señaló que así como la justicia de Dios sabe ser “cuidado, amor, salvación y perdón del pecador arrepentido”, también la justicia humana, inspirada en la primera, “debería saber potenciar la finalidad educativa de la pena”.
Expresó que, en cambio, “demasiado a menudo se persigue débilmente debido a la escasez de recursos destinados a los institutos penitenciarios de corrección”. Ese es el núcleo de la homilía pronunciada por el cardenal Secretario de Estado Pietro Parolin, quien presidió la misa en la capilla Paulina del Palacio Apostólico, con motivo de la apertura del año judicial del Tribunal del Estado de la Ciudad del Vaticano.
El cardenal ha ampliado su mirada a los sistemas judiciales de otros países, señalando que “a pesar de las afirmaciones de principio sobre la finalidad reeducativa de la sanción penal”, estos se configuran según modalidades que mortifican lo que debería ser su “finalidad más importante”, es decir, la “recuperación humana y social del condenado”.
La justicia divina
El sexto capítulo del Libro del profeta Oseas, sugerido por las lecturas del día en la misa celebrada por Parolin, define la justicia de Dios como “luz” que ilumina la “historia del pueblo de Dios”, la “historia de la humanidad y de cada hombre en particular”, mostrando cómo esta no es en absoluto una secuencia de castigos y penas derivadas de las “numerosas infidelidades cometidas”, sino, subrayó el cardenal Parolin, “el cuidado y la corrección que Dios ha ejercido y sigue ejerciendo para que cada hombre pueda crecer en la comunión y en la alianza con Él”.
También en el pasaje del Evangelio según San Lucas “aparece la misma justicia de la que habla el profeta Oseas”. En la parábola contada por Jesús, un publicano y un fariseo suben al templo a orar, pero lo hacen con actitudes diferentes.
El primero será justificado, el segundo será declarado culpable. La parábola evangélica, argumentó el secretario de Estado vaticano, pretende “instar a ir más allá de la lógica retributiva de la justicia”, presente en la revelación bíblica sobre todo en el Antiguo Testamento.
“El fin último de la justicia divina -comentó el cardenal- no es medir los méritos o las culpas de cada uno sobre una balanza fría e impersonal, sino corregir en lo íntimo a la persona e inducirla así a una conversión profunda hacia el Señor, para favorecer un cambio de corazón, que luego se manifiesta en el arrepentimiento y en el humilde reconocimiento de las propias culpas”.
La finalidad del derecho
Precisamente este “reflejo de la justicia divina que acentúa la finalidad reeducativa de la pena”, según el cardenal Parolin, debe “resplandecer aún más en el ordenamiento jurídico vaticano”.
Hacer que el condenado, una vez cumplida la pena, pueda ser reinsertado en la comunidad y contribuir positivamente a la vida de esta no es una disposición de carácter “ornamental” o “tendencial”, sino que tiene una “posición de prevalencia”. El mismo objetivo del Derecho canónico, añadió el cardenal, es, de hecho, la “salvación de las almas” y la “ley suprema de la justicia terrenal es siempre y en todo caso el bien de las personas”.
“Los operadores de justicia son los intérpretes y responsables de esta finalidad y, para cumplirla, señaló el cardenal, no basta con disponer de una adecuada formación técnica y profesional” y de destacadas “cualidades humanas”.
Es necesario, añadió el cardenal, haber emprendido un “camino personal y espiritual de conversión”. Solo quien “conoce las fatigas y las alegrías de un camino continuo de conversión que solo la relación íntima con el Señor puede dar”, puede ser un “operador de justicia”, sin caer en la actitud del fariseo descrita en el Evangelio. Y precisamente la Cuaresma es un “tiempo favorable” para “comenzar y recomenzar este camino”, cuya protección el cardenal Parolin confió finalmente a la intercesión de la Virgen María, “espejo de la justicia”.
Búsqueda de la verdad
Por su parte, al referirse al tema, el Papa bregó para que en la Iglesia el ejercicio de la justicia sea búsqueda de la verdad en la caridad.
Por su parte, al abrir el Año Judicial del Tribunal del Estado de la Ciudad del Vaticano, León XIV subrayó que la administración de justicia contribuye también a la tutela del valor de la unidad, “elemento esencial de la vida eclesial”. En el discernimiento atento de los hechos, en la escucha respetuosa de las personas involucradas y en la aplicación correcta de las normas para representar fielmente los principios del ordenamiento, “una misión que es a la vez jurídica y espiritual”.
“La justicia en la Iglesia no es un mero ejercicio técnico de la norma”, sino “un ministerio al servicio del Pueblo de Dios” que exige competencia jurídica, “sabiduría, equilibrio y una búsqueda constante de la verdad en la caridad”, y “cada decisión, cada proceso y cada juicio” deben “reflejar esa búsqueda de la verdad que está en el corazón de la vida de la Iglesia”.
En la ceremonia de apertura del Año Judicial del Tribunal del Estado de la Ciudad del Vaticano, en la Aula de las Bendiciones del Palacio Apostólico, León XIV inició su discurso aclarando que “a la luz de la misión que orienta a la Iglesia”, la “auténtica justicia” es el “ejercicio de una forma ordenada de caridad, capaz de custodiar y promover la comunión”.
La administración de justicia en el Vaticano
En particular, en el ordenamiento jurídico del Estado de la Ciudad del Vaticano, la administración de justicia no consiste únicamente en la “resolución de controversias”, explica el Papa, sino que contribuye a la tutela de la unidad –“elemento esencial de la vida eclesial”- y del propio ordenamiento jurídico, sustentando la “credibilidad de las instituciones”.
Por lo tanto, “la observancia de las garantías procesales, la imparcialidad del juez, la efectividad del derecho de defensa y la duración razonable de los procesos” no son solo “instrumentos técnicos del procedimiento judicial”, sino también “condiciones a través de las cuales el ejercicio de la función jurisdiccional adquiere una autoridad particular y contribuye a la estabilidad institucional”.
Por lo tanto, el juicio no es “simplemente el lugar del conflicto entre pretensiones opuestas”, sino, más bien, “un espacio ordenado en el que, mediante el enfrentamiento regulado entre las partes y la intervención imparcial del juez, el disenso se reconduce hacia un horizonte de verdad y justicia”. Para el Pontífice, en este sentido, sigue siendo válido lo que escribe San Agustín en De civitate Dei: “Sin justicia no se puede administrar el Estado; es imposible que haya derecho en un Estado en el que no hay verdadera justicia”.
“Queridos hermanos y hermanas, vuestro servicio adquiere, por tanto, un valor no solo institucional, sino también profundamente eclesial. A través del discernimiento atento de los hechos, la escucha respetuosa de las personas involucradas y la aplicación correcta de las normas para representar fielmente los principios del ordenamiento, ustedes participan en una misión que es a la vez jurídica y espiritual”, sostuvo el Papa.
Al detenerse en “la relación que existe entre la administración de la justicia y el valor de la unidad”, el obispo de Roma recuerda que “la tradición cristiana siempre ha reconocido” la justicia como “virtud fundamental para el orden de la vida personal y comunitaria”.
San Agustín recordaba que el orden de la sociedad nace del orden del amor, afirmando que “ordinata dilectio est iustitia”. Cuando el amor está correctamente ordenado, cuando Dios es puesto en el centro y el prójimo es reconocido en su dignidad, entonces toda la vida personal y social recupera su justa orientación.
El vínculo entre justicia y caridad
En la práctica, «del orden del amor nace también el orden de la justicia», explica León, y agrega que cuando el amor es auténtico “nunca es arbitrario ni desordenado, sino que reconoce la verdad de las relaciones y la dignidad de cada persona”. Por eso “la justicia no es solo un principio jurídico, sino una virtud que contribuye a edificar la comunión y a estabilizar la vida de la comunidad”.
Y, de hecho, continúa el Papa, Santo Tomás, en la “Summa Theologiae”, define la justicia como “la voluntad constante y perpetua de dar a cada uno lo que le corresponde”, destacando “su carácter estable y objetivo”, el cual “no depende de intereses contingentes, sino que se arraiga en la verdad de cada persona y en la búsqueda del bien común”.
Existe, por tanto, un “vínculo profundo entre justicia y caridad”, “porque en la plenitud de la caridad la justicia encuentra su cumplimiento más auténtico”.
Allí donde no hay verdadera justicia, tampoco puede existir un derecho auténtico, ya que el derecho mismo nace del reconocimiento de la verdad del ser y de la dignidad de cada persona.
La justicia, así concebida, es la virtud cardinal que nos llama “a respetar los derechos de cada uno y a establecer en las relaciones humanas la armonía que promueve la equidad hacia las personas y el bien común”.
Equilibrio y fidelidad a la verdad
Si “las relaciones se ordenan según la verdad, se hace posible esa comunión que es el fruto más elevado del amor”, concluye el Pontífice, quien ve que en esa dirección se abre “el camino hacia la caridad”.
Por lo tanto, “la restauración de la justicia” es “condición para el advenimiento de la caridad”, la cual “es don del Espíritu” y “principio de unidad en la Iglesia”. Por eso el amor y la verdad “no pueden separarse”, subraya León, “solo amando se conoce la verdad, y el amor a la verdad lleva a descubrir la caridad como su plenitud”.
La justicia, cuando se ejerce con equilibrio y fidelidad a la verdad, se convierte en uno de los factores más sólidos de unidad en la comunidad. No divide, sino que fortalece los lazos que unen a las personas y contribuye a edificar esa confianza recíproca que hace posible la convivencia ordenada.
Por último, el Papa resume en pocas palabras los frutos de la justicia “ejercida con integridad y fidelidad a la verdad”: si genera “estabilidad”, “confianza dentro de la sociedad” y “unidad”. De ahí la invitación a los miembros de la Autoridad judicial del Estado de la Ciudad del Vaticano a desempeñar su servicio “con integridad, prudencia y espíritu evangélico” y el deseo de que “la justicia esté siempre iluminada por la verdad y acompañada de misericordia, pues ambas encuentran su plenitud en Cristo”.
Así, el derecho, aplicado con rectitud y espíritu eclesial, se convierte en un instrumento valioso para edificar la comunión y fortalecer la unidad del Pueblo de Dios.





