Por Gustavo Román. Director Propietario La Ribera
El acto militar de Estados Unidos que culminĂł en la captura del presidente venezolano Nicolás Maduro constituye un punto de inflexiĂłn en la historia reciente de AmĂ©rica Latina: una violaciĂłn explĂcita de los principios elementales de soberanĂa, de la Carta de las Naciones Unidas y de la convivencia pacĂfica entre naciones. En la madrugada del 3 de enero de 2026, fuerzas estadounidenses ejecutaron una operaciĂłn que terminĂł con la detenciĂłn de Maduro y su traslado fuera de Venezuela, bajo la direcciĂłn del presidente Donald Trump. Este hecho no es una “intervenciĂłn quirĂşrgica” ni una acciĂłn humanitaria: es un acto de fuerza que recuerda las peores tradiciones de intervencionismo estadounidense en la regiĂłn, justificadas con argumentos más retĂłricos que jurĂdicos o fácticos.
Más allá de las palabras de Trump y de sus voceros, que han querido enmarcar la operación en la lucha contra el narcotráfico o el “narco-terrorismo”, la detención de un presidente en ejercicio por parte de fuerzas extranjeras rompe normas claras del derecho internacional. El propio proceso judicial abierto en Estados Unidos contra Maduro plantea complejos debates sobre inmunidad de jefes de Estado y la legitimidad de aplicar cargos penales cuando no existe consenso internacional ni mandato del Consejo de Seguridad de la ONU.
Este tipo de acción, secularizado en la doctrina de la fuerza sobre el derecho, no solo carece de justificación legal clara sino que debilita las propias normas que Estados Unidos históricamente proclamó defender. El resultado inmediato —explosiones en Caracas, confrontación diplomática y un estado de conmoción exterior declarado por Venezuela— es apenas la superficie de una crisis que amenaza con desestabilizar aún más la región.
Desde Washington se ha repetido la narrativa de que Maduro y su cĂrculo conformarĂan un cartel de drogas poderoso, vinculando al Estado venezolano con el llamado “Cártel de los Soles”. Sin embargo, esa acusaciĂłn ha sido objeto de revisiĂłn incluso dentro de instancias del propio gobierno estadounidense. Recientemente, el Departamento de Justicia retirĂł formalmente la referencia a esa estructura Cartel de los Soles en parte de su propia acusaciĂłn penal —un gesto que evidencia la fragilidad probatoria de esa narrativa, largamente promovida sin evidencia sĂłlida y más basada en clichĂ©s y prejuicios hacia el gobierno venezolano.
Este repliegue no invalida de por sĂ el combate al narcotráfico regional, pero sĂ cuestiona la instrumentalizaciĂłn polĂtica del tĂ©rmino para justificar operaciones militares. La falta de transparencia y pruebas claras sobre la supuesta implicaciĂłn directa de Maduro en una estructura criminal organizada refuerza la percepciĂłn de que la justificaciĂłn principal de la acciĂłn de Trump es geopolĂtica y econĂłmica —no judicial.
La reacciĂłn internacional ha sido mayoritariamente crĂtica frente a la decisiĂłn unilateral de Estados Unidos. Gobiernos de AmĂ©rica Latina, junto con potencias como Rusia y China, han denunciado lo que describen como una “agresiĂłn” y una vulneraciĂłn de la soberanĂa venezolana. Las voces que llaman al respeto de la legalidad internacional, a la no intervenciĂłn y al diálogo superan a las que celebran el acto militar. Incluso en Estados Unidos, sectores importantes del Derecho Internacional y varios medios reconocidos han puesto en duda la eficacia y la legitimidad de la operaciĂłn.
Una de las aristas más inquietantes en esta coyuntura es la postura tomada por el presidente argentino, Javier Milei. Contra la tradiciĂłn diplomática argentina —que histĂłricamente ha defendido el principio de no intervenciĂłn, la soberanĂa de los pueblos y la soluciĂłn pacĂfica de controversias— Milei no solo respaldĂł pĂşblicamente la acciĂłn militar de Estados Unidos, sino que celebrĂł la caĂda de Maduro como un acontecimiento positivo para la regiĂłn. Su discurso ha enfatizado tĂ©rminos como “libertad” y “caĂda del dictador”, alineándose estrechamente con la narrativa de Trump y desconociendo los procesos multilaterales que histĂłricamente ha promovido Argentina.
Este respaldo no es una opinión aislada: fue articulado incluso ante la Organización de Estados Americanos, donde el embajador argentino ratificó el apoyo a la operación y sostuvo declaraciones basadas en acusaciones —aún no probadas ni admitidas internacionalmente— vinculando a Maduro y a Venezuela con estructuras criminales.
La elecciĂłn de alinearse con un acto militar unilateral de una potencia extranjera contradice la tradiciĂłn diplomática argentina, aleja al paĂs de mecanismos de resoluciĂłn pacĂfica y deja una marca profunda en su credibilidad internacional.
La captura de Maduro por parte de Estados Unidos no solo plantea una crisis inmediata de soberanĂa y orden regional: establece un peligroso precedente para la interacciĂłn entre paĂses. Si la fuerza bruta puede sustituir a la diplomacia, si los discursos penales pueden reemplazar a las evidencias, y si gobiernos externos pueden decidir el destino polĂtico de otras naciones sin mecanismos multilaterales, el sistema internacional entero se resquebraja.
El apoyo de lĂderes regionales a este tipo de acciones —como el de Milei en Argentina— no solo desnaturaliza tradiciones diplomáticas valiosas sino que abre interrogantes sobre la direcciĂłn estratĂ©gica y moral de la polĂtica exterior en SudamĂ©rica. Un continente marcado por intervenciones pasadas deberĂa saber que la fuerza exterior solo encenderá más conflictos, no los resolverá.





