Por Gustavo MatĂas Terzaga. Abogado. Pte. de la ComisiĂłn de Desarrollo Cultural e HistĂłrico ARTURO JAURETCHE de la Ciudad de RĂo Cuarto, Cba.
La interna polĂtica en la provincia de Buenos Aires âverdadera sĂntesis de las tensiones que atraviesan hoy al peronismo respecto a la proyecciĂłn a nivel nacional para 2027â se ordena alrededor de un punto muy concreto e indisimulable; la resistencia de Cristina FernĂĄndez de Kirchner para reconocer que Axel Kicillof âo cualquier figura por fuera de ese esquema familiar y de los designios de su dedoâ posee legitimidad propia para erigirse en interlocutor central para frenar y luego trascender el proyecto libertario de Javier Milei. En ese punto se condensa el conflicto. Una extendida lĂnea de carĂĄcter âesencialistaâ anclada en la lĂłgica del linaje y el control, que tiende a circunscribir el derecho exclusivo de la conducciĂłn a la herencia simbĂłlica de los Kirchner y nada mĂĄs. AllĂ se explican y cobran coherencia todas las conductas de ataque del nĂşcleo camporista para con el Gobernador de la PBA.
Atendiendo esta cuestiĂłn, el verdadero riesgo polĂtico para el ciclo kirchnerista ây para la propia vigencia polĂtica de Cristinaâ no proviene de la proscripciĂłn, la inhabilitaciĂłn, las encuestas o incluso la prisiĂłn. Lejos de debilitarla, esas situaciones la instalan una y otra vez en el centro de la escena y refuerzan su concentrado capital polĂtico, como se advierte incluso en la forma en que su entorno inmediato y sus voceros procesan, utilizan y exponen ese conflicto en clave de imposiciĂłn y divisiĂłn dentro del peronismo. Respecto a lo que verdaderamente estĂĄ en juego, el riesgo real es otro; el ĂŠxito polĂtico de Kicillof. En esto se advierte una relaciĂłn asimĂŠtrica, directamente proporcional y ya sin ambigĂźedades; cuanto mĂĄs crece Axel, mĂĄs se acota el margen de Cristina y La CĂĄmpora.
Si Kicillof logra consolidarse como referencia nacional âcon gestiĂłn, votos y proyecciĂłn realâ, y mĂĄs aĂşn si alcanza la Presidencia en 2027, el problema deja de ser cualquier otra cosa y pasa a ser exclusivamente polĂtico para la dirigencia del kirchnerismo puro y duro. En ese escenario, Cristina pierde su centralidad polĂtica y el relato forzado de la âdĂŠcada ganadaâ deja de ordenar de manera nostĂĄlgica el presente para dar lugar a una nueva construcciĂłn; el de las ânuevas cancionesâ. AllĂ, La CĂĄmpora ve reducido poco a poco su peso en las listas, las bancas, las cajas y el territorio. Y esta virulencia que genera este proceso de disputa por el pasado, el presente y el futuro en la conducciĂłn, ocurre porque Cristina lo resiste y lo enfrenta; eso es muy distinto a favorecerlo, alentarlo y ser parte. Y hay un dato que cambia la ecuaciĂłn; Axel no es Scioli ni es Alberto. Bien, toda esta tensiĂłn se entiende desde la exacerbada lĂłgica del poder que concibe y emplea Cristina.
Dividir para seguir reinando
Ese potencial escenario de Kicillof conductor rompe el monopolio de la conducciĂłn histĂłrica y deja al descubierto un divorcio estratĂŠgico que ya es una realidad en los hechos. Vale decir, ese punto cĂşlmine arroja un ganador y un perdedor; un quiebre definitivo. Lo cierto es que Axel se separĂł hace aĂąos del Ăştero polĂtico que lo vio nacer, por eso es tratado como un desheredado, directamente como un enemigo al que no se lo perdona y hay que destruir.
Es que en una estructura polĂtica que se ordena por centralidad y verticalidad descendente, esa desafiliaciĂłn original es terminal. Lo podemos reducir a un axioma: Si la conducciĂłn es Ăşnica, y emerge otra conducciĂłn, entonces deja de ser Ăşnica. Esto es lo que hay que mirar para entender la irracionalidad de esas conductas de Cristina; que no son nuevas, y que son coherentes con la defensa del interĂŠs de ese nĂşcleo polĂtico, por sobre las necesidades del conjunto. La consecuencia de esa tarea de autopreservaciĂłn forzada es un peronismo fragmentado y sin rumbo, sin autocrĂtica ni explicaciĂłn de los errores, sin capacidad de correcciĂłn, con responsabilidades desplazadas hacia afuera y una creciente desorientaciĂłn estratĂŠgica. Se impone la rosca cupular por sobre la polĂtica real, se pierde contacto con las necesidades vitales de las mayorĂas, se extingue el debate interno y se diluye la presencia en la calle. Bien, esa lĂłgica, sostenida en el tiempo, sĂłlo puede âcomo viene ocurriendo desde la derrota nacional de 2015â producir daĂąo polĂtico dentro del propio campo nacional. Y acĂĄ estamos.
Si sabemos mirar, Cristina se vuelve mĂĄs fuerte en un escenario de polarizaciĂłn cerrada âtal vez de âcuatro cuartosââ porque esa dinĂĄmica le permite reordenar el sistema alrededor de su referencia para reforzar la lĂłgica de centralidad que la beneficia y la mantiene vigente. Pero esa misma lĂłgica, al restringir la legitimidad a un nĂşcleo cerrado, bloquea la emergencia de nuevos liderazgos y limita la capacidad del propio campo nacional para expandirse. En lugar de ampliar la base de representaciĂłn, la reduce y la relega a segundo o tercer plano, mientras se inhibe a quien podrĂa ensanchar el alcance polĂtico y territorial del peronismo. Por eso, una y otra vez, se impulsa desde el Cristinismo la fragmentaciĂłn del peronismo como tĂĄctica de control interno; allĂ, en esa concepciĂłn, es prioritario dividir antes que compartir o ceder la conducciĂłn.
Los antecedentes del daĂąo
Sostener y fortalecer la gestiĂłn de Alberto FernĂĄndez (2019/2023) no era un acto de disciplina menor, era la condiciĂłn estratĂŠgica indispensable para llegar competitivos a una reelecciĂłn y evitar el retroceso histĂłrico que hoy padecemos. Es raro estar aclarando esto, pero en cualquier proyecto nacional, por mĂĄs dĂŠbil o contradictorio que sea, la estabilidad del gobierno en ejercicio es la plataforma desde la cual se construye continuidad polĂtica para plantear el cĂşmulo de batallas que restan por dar en tĂŠrminos sociales, econĂłmicos y polĂticos. Minar desde dentro a ese gobierno âdebilitar su autoridad, exponer pĂşblicamente sus contradicciones, erosionar su legitimidadâ sĂłlo podĂa conducir a lo que finalmente ocurriĂł; entregar el rumbo del paĂs a una fuerza cuyo proyecto de demoliciĂłn no registra antecedentes en nuestra historia democrĂĄtica.
Eso ya habĂa ocurrido en 2015, cuando la candidatura de Daniel Scioli fue acompaĂąada por seĂąales ambiguas, desconfianza interna y un trato polĂtico que lo dejĂł expuesto y debilitado en plena disputa electoral. A ese clima se sumĂł el esmerilamiento con la promociĂłn de Randazzo como alternativa interna y el ninguneo pĂşblico sintetizado en aquellas pancartas que rezaban âel candidato es el proyectoâ, que terminĂł debilitando al propio postulante ante la sociedad, en plena campaĂąa. No fue un episodio aislado, sino un antecedente. La experiencia 2019â2023 profundizĂł esa lĂłgica. La designaciĂłn de Alberto FernĂĄndez âanunciada un sĂĄbado por la maĂąana a travĂŠs de un video difundido en redesâ respondiĂł a una decisiĂłn unilateral de Cristina; efectiva para evitar la continuidad del ciclo amarillo, pero mĂĄs defensiva que estratĂŠgica, que no integrĂł ni ordenĂł al conjunto del peronismo detrĂĄs de una base de acuerdos sĂłlida. El resultado fue un gobierno con debilidad de origen, sostenido en equilibrios internos antes que en un proyecto claro de poder. Desde el inicio operĂł un doble comando; el mando formal en la Casa Rosada y la gravitaciĂłn polĂtica decisiva desde el Instituto Patria, donde Cristina practicaba oposiciĂłn interna, fijando posiciĂłn, marcando lĂmites y condicionando el rumbo de la gestiĂłn. A ello se sumaron hechos concretos que erosionaron de manera decisiva la autoridad presidencial. Entre ellos, la carta pĂşblica tras la derrota en las PASO de 2021, donde Cristina explicitĂł que consideraba equivocado el rumbo del gobierno, donde reclamĂł cambios inmediatos en el gabinete y dejĂł en claro que habĂa âadvertidoâ previamente esos desvĂos. Pocas cosas resultan mĂĄs pobres en una conducciĂłn que se pretende fuerte que refugiarse, a posteriori, en el âyo se los dijeâ para reivindicarse, desmarcarse y ocultar una acciĂłn destructiva.
Parece que nos olvidamos rĂĄpido pero, acto seguido, se ordenĂł la renuncia coordinada de ministros y funcionarios camporistas para forzar un cambio de gabinete. El efecto fue un gobierno percibido como incapaz de ordenar su propio frente interno, con pĂŠrdida sostenida de credibilidad social.
Reducir ese proceso fallido ây la herencia de âla peor crisis econĂłmica de la historiaâ que habilitĂł el actual ciclo libertarioâ a la simplificaciĂłn de que âel dĂŠbil de Alberto no escuchaba a Cristinaâ es renunciar al anĂĄlisis. Lo que allĂ se expuso fue una persistencia del mĂŠtodo; la dificultad estructural para sostener y fortalecer a un liderazgo que no estĂŠ plenamente controlado. Y cuando ese control no es posible, aparece una decisiĂłn polĂtica de fondo; se prefiere romper antes que no tener la conducciĂłn plena. Es una afirmaciĂłn contrafĂĄctica, pero razonable; por mĂşltiples razones polĂticas, econĂłmicas y de orientaciĂłn, los gobiernos de Scioli o de Sergio Massa difĂcilmente hubieran derivado en escenarios comparables a los de Macri o Milei.
Lo mĂĄs inquietante es que, en la actualidad, sin mediar una revisiĂłn seria de ese ciclo âsin una explicaciĂłn pĂşblica proporcional al daĂąoâ, el mismo dispositivo vuelve a abrir el juego para recircular nombres y reposicionamientos: Pichetto y un desfile de posibles candidaturas propiciados por Cristina. Una dinĂĄmica que no parece asumir la dimensiĂłn del drama nacional. Porque, a esta altura, persistir en esa lĂłgica no expresa vitalidad polĂtica; expresa, mĂĄs bien, una preocupante falta de responsabilidad polĂtica frente a la crisis que atraviesan el pueblo y la Patria.
En sĂntesis, como vemos en esta Ăşltima dĂŠcada perdida, quien no se alinea de manera sumisa al linaje de Cristina es rĂĄpidamente erosionado, vaciado o destruido. Y ahora es el turno del Gobernador de la Provincia de Buenos Aires.
Cristina libre ÂżCristina libre?
Es evidente que esta consigna, convertida en el Ăşltimo tiempo en eje excluyente de la tĂĄctica que emana desde San JosĂŠ 1111, termina operando como un lĂmite polĂtico para el propio objetivo que proclama. Al subordinar toda la estrategia a una lĂłgica defensiva, de imposiciĂłn y de alineamiento, se desatiende una evidencia bĂĄsica; la vĂa mĂĄs eficaz para modificar las condiciones que sostienen su infame e injusta situaciĂłn judicial es construir una victoria polĂtica amplia que altere la correlaciĂłn de fuerzas y el clima institucional. Nada que Cristina y su hijo no sepan. Los jueces de la SCJN actĂşan siempre asĂ, sin abandonar nunca su estirpe oligĂĄrquica y su sesgo antinacional. Sin esa acumulaciĂłn de poder real âterritorial, electoral, polĂtico y socialâ cualquier apelaciĂłn a su libertad queda en el plano testimonial. La paradoja es evidente; en nombre de la lealtad y la imposiciĂłn, se debilita la Ăşnica herramienta capaz de producir un cambio efectivo en la condiciĂłn de Cristina.
Pero no hace falta suponer ingenuidad. MĂĄs bien se trata de una decisiĂłn polĂtica; tanto Parrilli, MĂĄximo, Mayra Mendoza, Verbitsky y la propia Cristina comprenden perfectamente la dinĂĄmica y eligen actuar en consecuencia. Priorizar y anteponer la consigna cerrada ââCristina libreâ o militar el voto en blanco por considerar ilegĂtima toda fase de la vida pĂşblica con ella, o sĂłlo ella presaâ o promover alternativas que no contemplen o directamente descarten a Kicillof, aun sabiendo que eso dificulta construir la fuerza necesaria para incidir sobre su situaciĂłn judicial, revela una apuesta por sostener la centralidad del nĂşcleo antes que por maximizar la eficacia polĂtica del peronismo en tĂŠrminos electorales. Se trata de abrir el cĂrculo para seguir recirculando, por eso Pichetto. De aquĂ no pasan los elementos a considerar en el anĂĄlisis; se trata de continuidad, que de ningĂşn modo estĂĄ sujeta a la libertad de Cristina.
Veamos quĂŠ hay detrĂĄs de la subestimaciĂłn
El dispositivo polĂtico que rodea a Cristina funciona mejor en clave de conflicto y excepcionalidad, mĂĄs que en condiciones de normalidad polĂtica y amplitud. En el marco de una propuesta polĂtica donde la fractura social ha devenido en identidad polĂtica de los extremos y fidelizaciĂłn interna; la situaciĂłn de proscripciĂłn y persecuciĂłn judicial refuerza su centralidad, ordena la tropa, pone la consigna en la mano, elimina la discusiĂłn interna y desplaza cualquier debate estratĂŠgico hacia un eje moral binario de defensa o traiciĂłn. En ese contexto, el liderazgo aparenta fortalecerse al volverse incuestionable, justo cuando en los hechos ya ha dejado de serlo. En cambio, en un escenario sin esa presiĂłn âcon Cristina plenamente habilitada y su espacio obligado a disputar poder en tĂŠrminos estrictamente polĂticosâ reaparecen las preguntas incĂłmodas como el balance econĂłmico de su gestiĂłn (2011/2015), la herencia fallida del gobierno kirchnerista de los FernĂĄndez, los resultados electorales y las estrategias bajo su comando, el constante boicot a la renovaciĂłn de liderazgos, el dedo, o porquĂŠ no fue ella como primera candidata, etc. Es decir, vuelve la polĂtica en su sentido mĂĄs exigente. Y ahĂ, la centralidad ya no estĂĄ garantizada por la excepcionalidad, sino que debe revalidarse en competencia. En ese plano, hoy por hoy, Kicillof saca evidentes ventajas.
A rĂo revuelto, ganancia de pescadores. Dicho en tĂŠrminos mĂĄs duros; la excepcionalidad la protege; la normalidad polĂtica la expone. AsĂ, la proscripciĂłn de Cristina no sĂłlo constituye un infame ataque judicial y polĂtico impulsado por sectores oligĂĄrquicos. En un plano mĂĄs profundo, produce ademĂĄs un efecto de congelamiento del tiempo polĂtico del propio campo nacional y popular que Cristina bien sabe capitalizar, porque interrumpe el desarrollo de la experiencia polĂtica del peronismo y de amplias franjas del pueblo argentino, forzando una regresiĂłn al cierre del ciclo kirchnerista en 2015, con todas sus contradicciones aĂşn sin resolver y con su sistema de representaciones todavĂa sin actualizar. En ese contexto, el peronismo se ve empujado a cerrar filas, pero sobre heridas abiertas. A la vez, se restringe la posibilidad de disputar el sentido comĂşn hacia adentro, ya que la agenda queda absorbida por un eje casi excluyente ââCristina libreââ que, si bien es comprensible y legĂtimo en el plano defensivo, termina dividiendo y ocupando gran parte de la conversaciĂłn polĂtica, desplazando otros debates necesarios y, al mismo tiempo, ralentizando y debilitando la posibilidad de que emerjan nuevas referencias y liderazgos capaces de proyectar al movimiento hacia el futuro.
La extorsiĂłn
Todos sabemos que el âCristina libreâ es, en gran medida y al interior del peronismo, la adecuaciĂłn a la subordinaciĂłn a su mando. Pero Kicillof ya se desafiliĂł de esa obediencia hace rato, mucho antes de la infame condena, y eso, evidentemente, es imperdonable para la lĂłgica del dedo y la custodia cerrada de la herencia K. La exigencia permanente de gestos de alineamiento, el vaciamiento en la legislatura bonaerense, las recriminaciones pĂşblicas y la construcciĂłn de un clima de sospecha buscan disciplinar a quien pretende ejercer un liderazgo con mĂĄrgenes y autonomĂa propia. Lo de siempre; prefieren perder a no ser ellos los que conducen el proceso.
En lugar de avanzar en una discusiĂłn profunda sobre estrategias de unidad, de nuevos liderazgos, de reconstrucciĂłn del tejido organizativo, de recuperaciĂłn de la calle polĂtica y de nuevos horizontes de sentido para las mayorĂasâ Cristinaâ impone y nos lleva una y otra vez a un escenario de resistencia identitaria, a una lĂłgica de repliegue y divisiĂłn. AsĂ, se interrumpe la posibilidad de una sĂntesis superadora y de una maduraciĂłn polĂtica que permita ensayar nuevas formas de representaciĂłn popular, surgidas no de la negaciĂłn del pasado reciente sino de su asimilaciĂłn crĂtica pero superadora.
Lo que hay que aprender
El kirchnerismo fue, sin dudas, un gobierno nacional con avances concretos, pero se pensĂł a sĂ mismo como un proceso de liberaciĂłn nacional ya consumado e irreversible. Esa sobreestimaciĂłn de su alcance dejĂł un ciclo vulnerable y fĂĄcil de desmontar. Las consecuencias de esa autopercepciĂłn, sumado a la resistencia de asumir que los nuevos escenarios polĂticos, sociales y culturales, ya no reclaman la centralidad simbĂłlica de la âDĂŠcada ganadaâ ni el diseĂąo estratĂŠgico en la conducciĂłn de Crisitina, estĂĄn a la vista. La conducciĂłn de Cristina o, mejor dicho, Cristina, ha sido y es, decididamente mala conductora. Ciego el que no quiere ver.
No es casual, entonces, que la matriz construida durante el ciclo kirchnerista 2003/2015 haya podido desarticularse con tanta rapidez bajo el gobierno de Mauricio Macri. Eso revela que, mĂĄs allĂĄ de los avances, sus bases estructurales no fueron consolidadas de modo irreversible en ninguno de sus tĂŠrminos, pese a lo que proclamaban la ĂŠpica y las consignas del momento. La historia argentina es elocuente en este punto; cada vez que el campo nacional y sus conducciones mĂĄs recientes evitaron ir al fondo de las relaciones de poder y se limitaron a administrar coyunturas y a adecuarse con algo de virtuosismo superficial en determinados esquemas polĂticos temporales, los problemas regresan con mayor intensidad. No se trata de nombres ni de etapas aisladas, sino de una constante; los lĂmites y la dificultad para disputar y transformar las estructuras que sostienen la dependencia. Cuando esa decisiĂłn se posterga, sobreviene el retroceso agudo, la Patria se achica y el pueblo paga triple. En ese sentido, el presente no es una anomalĂa sino una consecuencia y una enseĂąanza. Milei no surge de la nada, sino de dĂŠcadas de vacĂos estructurales, de intentos inconclusos y de un poder antinacional que nunca fue plenamente desarmado. El drama social al que asistimos no se explica por la mera naturalizaciĂłn de la alternancia partidaria, sino por los lĂmites que el propio campo nacional no logrĂł superar. Mientras tanto, el proyecto antinacional âcon coherencia, objetivos y continuidadâ avanza y se expande, ocupando cada espacio que el campo popular deja vacante.
Ya en su ciclo de repliegue, el kirchnerismo tampoco logrĂł traducir en hechos el jetoneo pequebĂş aquel del âquilomboâ que prometiĂł armar ante cualquier intento de tocarla a Cristina. La consigna existe: âCristina libreâ; el camino polĂtico para concretarla, evidentemente no resulta importante.
Para concluir
Cristina presa y proscripta no es, en Ăşltima instancia, un hecho penal o polĂtico aislado, sino la consecuencia histĂłrica de haber sobreestimado el alcance transformador de un ciclo que, como dijimos, no logrĂł alterar de fondo las estructuras del poder antinacional. Si te jactas de haber eliminado a la vĂbora sin haberle pisado nunca la cabeza, la vĂbora vuelve y te pica. Este anĂĄlisis no desconoce los logros histĂłricos del ciclo kirchnerista; los reconoce, pero al mismo tiempo exige âcon responsabilidad militante y honestidad intelectualâ una revisiĂłn crĂtica de sus lĂmites. La prolongaciĂłn de una conducciĂłn que ya ha cumplido su ciclo, empieza a pesar sobre el propio tiempo polĂtico del movimiento nacional. Si aquella etapa relativamente virtuosa no logrĂł debilitar las bases materiales del poder antinacional, no se advierte quĂŠ sentido estratĂŠgico tiene insistir en su perpetuaciĂłn. La polĂtica tambiĂŠn, en esos roles histĂłricos, exige saber retirarse a tiempo para preservar lo alcanzado como punto de partida. En ese marco, la emergencia de nuevos liderazgos con base real y mĂŠrito concreto,âcomo el de Kicillofâ no deberĂa ser vivida como una amenaza, sino como una oportunidad para renovar la representaciĂłn. Aunque la figura de Cristina sea grande, su conducta polĂtica es muy pequeĂąa.
Pero es evidente que, a esta altura, el principal lĂmite para el crecimiento de Kicillof no estĂĄ afuera, sino en la disputa interna con Cristina que lo condiciona de manera permanente. Y eso deja en claro quĂŠ es lo que realmente estĂĄ en juego; no es la proscripciĂłn ni el frente judicial, sino la emergencia de un liderazgo con base propia que altere el esquema de conducciĂłn vigente desde 2011 y el relato simbĂłlico del ciclo polĂtico originado en 2003. Si Kicillof se consolida como referencia nacional, el problema deja de ser coyuntural y pasa a ser de estricto poder, ya que se termina el monopolio de la conducciĂłn de Cristina. Por eso la resistencia es tan intensa. No se trata de diferencias tĂĄcticas, sino de una decisiĂłn polĂtica; preservar el control antes que habilitar un recambio que, aunque necesario para el conjunto, implica resignar centralidad. Lastimosamente, Cristina no asumiĂł ni una cuota de responsabilidad polĂtica ni un mĂnimo de generosidad histĂłrica para corregir el rumbo de un daĂąo que arrastra desde 2015. Si esa lĂłgica persiste, el tiempo harĂĄ lo suyo sin contemplaciones y terminarĂĄ erosionando su propio lugar en la historia.
Los plazos se acortan de manera vertiginosa, y no hablamos de calendarios electorales ni de cierres de listas. Hablamos de no cruzar un punto de no retorno en el que la Argentina quede definitivamente degradada a una condiciĂłn de semicolonia, subordinada a intereses externos y a la lĂłgica del sistema financiero global. Mientras el internismo consume energĂas y tiempo polĂtico, el escenario se define por fuera. En ese cuadro, y mĂĄs allĂĄ de simpatĂas o diferencias, Axel Kicillof aparece hoy como la Ăşnica referencia con base, gestiĂłn y proyecciĂłn suficiente para ordenar una alternativa competitiva de cara a 2027, capaz de frenar la continuidad del experimento liberal mĂĄs extremo y, eventualmente, superarlo con un programa de gobierno. Esperemos que no llegue de rodillas.





