La liturgia de la celebración de la misa de este domingo une la procesión de ramos con el relato de la Pasión y presenta el contraste entre la aclamación a Jesús en Jerusalén y su posterior condena. Domingo de Ramos, la celebración que abre la Semana Santa.
El Domingo de Ramos marca el final de la Cuaresma y abre el inicio de la Semana Santa. La celebración combina dos momentos centrales: la bendición y procesión de los ramos y la misa que recuerda la Pasión de Cristo.
Ya han transcurrido cuarenta días que rememoran los que estuvo Jesús en el desierto, preparándose para vivir (y morir) los momentos cruciales que hacen a la historia de la salvación del hombre.
Se da inicio así, de lleno, a la denominada Semana Santa, que es la fiesta que centraliza la fe de los cristianos, ya que Jesús luego de su retiro de oración, ingresa triunfalmente a Jerusalén montado en un burrito para vivir la Pasión, Muerte y Resurrección.
Muchos lo aclaman como el rey que venía a salvarlos de las injusticias humanas, pero El terminará entregado manso como un cordero (el Cordero de Dios) para que se cumpla así el plan de la salvación previsto por Dios desde la eternidad.
Él ya había señalado con tiempo a sus apóstoles que quería vivir la Pascua en esa ciudad.
Los hechos se desenvuelven rápida y trágicamente.
A unos les encarga que vayan primero a Jerusalén y que encontrarán a un borrico que nadie ha montado. Se lo pedirán prestado al dueño para que Él se suba al animal y haga su ingreso en la ciudad.
Para quienes creemos en Cristo, es un parangón de la entrada a nuestro ser, a nuestra persona, a nuestro corazón. Una entrada tranquila, en paz, colmada de amor, como una caricia que se nos brinda en medio de tantas cachetadas que nos da la vida.
Jesús ingresa con todo lo majestuoso de ser Dios y a la vez con la humildad que permite que los más pobres le abran paso, se acerquen a recibirlo, le abran el corazón a tanto Bien.
Como siempre, están los necios o los que no entendieron lo profundo de su mensaje y creen que ingresa un rey que va a liberarlos del yugo del pueblo romano, comenzando una rebelión, una lucha para imponer el linaje judío que no se ata a nada ni a nadie.
¡Qué equivocados que están! Él ya les había dicho “aprendan de mí. Que soy manso y humilde de corazón”, pero la sed de poder, de venganza, de liberación humana los envuelve y no los deja ver. Y los muestra plenamente en su pensamiento cuando eligen a Barrabás para que sea liberado y comande la revolución violenta que insisten en imponer.
Ramos y cantos
La procesión evoca la entrada de Jesús en Jerusalén, cuando fue recibido como rey con ramos y cantos.
Todo el pueblo salió a la calle y mientras reverenciaban a Jesús con las palmas, tendían mantos en la calle para que pisara con su paso, a modo de lo que hoy sería una alfombra roja de las más suntuosas presentaciones de un show mundano.
Y Él no dice nada. Ya está preparado para vivir los días centrales: desde la cena con los apóstoles en lo que sería la primera eucaristía en que comparte su cuerpo y su sangre como alimento espiritual, hasta su oración de profundo dolor en el Huerto de los Olivos, su juicio y condena, el Vía Crucis y la muerte en la cruz.
Su muerte es un hecho sumamente trascendente, como lo es su resurrección al tercer día, lo que viviremos nuevamente en la Pascua del próximo domingo.
Jesús entra hoy, llega hoy, a abrirnos las puertas del cielo, a abrirnos el camino de una nueva vida en abundancia para nunca más morir.
En la liturgia posterior, los textos se centran en el sufrimiento y la muerte del Redentor. Esta unión de signos expresa la tensión entre el reconocimiento y el rechazo.
El relato evangélico recuerda la aclamación del pueblo: «Hosanna al Hijo de David. Bendito el que viene en nombre del Señor». Días después, esa misma multitud reclamó su condena. La liturgia presenta este contraste como signo de la fragilidad humana.
La práctica de bendecir ramos se incorporó en la Iglesia de Roma hacia el siglo IX. Los fieles conservan los ramos en sus hogares como signo de fe en Cristo, vencedor del pecado y de la muerte, y como expresión de confianza en la protección divina.
Símbolos que marcan la Pascua
Según la tradición, la palma simboliza victoria y paz. San Agustín la describe como signo de triunfo, en referencia a la muerte de Cristo que vence a la muerte. En la procesión, la cruz encabeza el recorrido y representa la apertura del camino hacia la vida.
Durante la misa se proclama la Pasión según el Evangelio. En ese momento, la liturgia omite signos habituales para subrayar el sentido del misterio. La celebración invita a contemplar la entrega de Cristo y a reconocer en ella el centro de la fe cristiana.
Jesús entra hoy a la ciudad y nos invita a recibirlo con un corazón lleno de paz, de arrepentimiento, abierto al otro, dispuesto a servir, a amar, a dar la vida. Una vida plena donde reina la paz y el amor por encima del odio de la guerra. Por encima del egoísmo y de considerarnos primeros en lugar de últimos.





