El Papa León XIV envió un mensaje al encuentro mundial de “La Economía de Francisco”, en el que afirmó que para ser buen empresario y economista hay que comprender “la economía divina”. El mensaje pone en vigencia más que nunca el ejemplo de vida de Enrique Shaw, el empresario argentino que dirigió la famosa cristalería Rigolleau, llevando adelante una revolucionaria política hacia los empleados, a quienes los consideraba una parte fundamental en el proceso de producción y para quienes debía regir la doctrina social, en auge en esos tiempos del siglo pasado.
“La red de amistad y trabajo que representan es un ‘no’ a la resignación», ha afirmado el Papa León XIV en el mensaje que escribió el Papa León XIV con motivo de este evento que se celebra del 28 al 30 de noviembre de 2025 en Castel Gandolfo.
Tras recordar que el Papa Francisco había deseado este encuentro, León XIV afirmó: «Ustedes pueden inspirar a muchos otros jóvenes a salir de la indiferencia o del recinto de los objetivos personales y grupales, para acoger el Reino de Dios y su justicia a través de nuevas formas de amar el bien común. Se trata de reavivar los sueños, valorar la oración, el estudio y el trabajo, y pensar juntos, como verdaderas energías de renovación».
El Papa se hace eco de León XIII y dice que quiere mirar hacia «cosas nuevas», partiendo por la periferia. Cita al benedictino francés Ghislain Lafont, quien “identificó un ‘principio de pequeñez’” que, según escribió, “podría expresarse así: el motor de la historia no es el poder, sino la pobreza; o también: el verdadero cambio se produce mediante la acción de los elementos débiles”.
El Papa concluye animando a los jóvenes a “demostrar con sus vidas, sus esfuerzos y sus estudios cuáles son las incapacidades de un sistema que aumenta la desigualdad y no se preocupa por los pequeños y los débiles. Juntos, podemos acoger los sueños de Dios y ver que ensanchan nuestros sueños, implicándonos en una aventura popular en la que caen muros y prejuicios y se abre paso la paz”.
Y dejó una recomendación: “Que vuestro trabajo incansable no sea mera acción social y esté ligado a modas pasajeras, sino que alimente el espíritu y vuelva al corazón: los Evangelios y los demás libros de la Biblia son el paisaje donde Dios aún hace oír su voz e inspira nuestras visiones, poniéndonos en diálogo con sus amigos, los protagonistas de la historia de la salvación. Seréis buenos empresarios y buenos economistas si comprendéis así la economía divina: es el secreto de tantos testigos que nos han precedido y que aún caminan con nosotros”.

Un empresario argentino
En caso de un empresario argentino está en trámite camino a los altares como ejemplo de justicia social y de cómo deberían actuar los propietarios o directivos de empresas que tienen bajo su responsabilidad a los trabajadores y a sus familias en forma indirecta.
Se trata de Enrique Shaw, quien nació en Francia, cuando Europa se recuperaba del daño que había perpetrado la Primera Guerra Mundial. Sus padres eran argentinos de la alta alcurnia, con Alejandro Shaw por padre y gestado en el seno de Sara Tornquist Altgelt, quien moriría cuando Enrique tenía sólo cuatro años.
Habiendo llegado a la Argentina con dos meses, tras la muerte de su madre, su padre confió su educación a la Iglesia Católica, tal como era el deseo de Sara.
Formado en el Colegio La Salle, a los 14 años optó por la vida en alta mar, ingresando a la Escuela Naval Militar Río Santiago, a regañadientes del deseo de su padre que pretendía que administre los negocios familiares.
A pesar de ello, fue fundamental para que durante una estadía en Mar del Plata, en la biblioteca, conociera la Doctrina Social de la Iglesia, ideas que marcarían su vida de ahí en adelante.
En 1943 se casó con Cecilia Bunge, con quien tuvo nueve hijos: Jorge, Sara, Cecilia, Elsa, Juan, José María, Luisa, Isabel y Gabriel. Sara, en una de las entrevistas que le realizaron, contó cómo era Enrique en la intimidad, un hombre al que lo caracterizaba su sonrisa.
«Mi papá era muy alegre, muy sonriente y muy buen esposo de mi mamá», explicó y agregó que no recuerda «haberlo visto de mal humor. Iba a otras casas y me sorprendía ver adultos de mal humor porque para mí era algo que solo les pasaba a los chicos. Después me di cuenta que era una virtud de mi padre».
Con el ejemplo de su padre, Sara remarca que «en todos lados se puede y es deseable ser santo», descartando esa creencia general de que el Orden Sagrado es el único camino a Dios. «Siempre me impresionó cómo lo recuerda la gente», señaló Sara, ejemplificando con la relación que tenía con los empleados de la fábrica de la Cristalerías Rigolleau, donde trabajaba: «Cuando yo iba, después de que muriera en 1962, la gente que lo conoció me agarraba de la mano y me decía ‘tu papá era un santo’; esos mensajes fueron mi mejor herencia».
«Una fábrica es una comunidad de vida y yo estoy muy feliz, porque se acaba de aprobar, este 5 de julio, una ley de comunidad empresarial con las palabras que decía mi papá», explica la hija de Enrique Shaw, en la previa de lo que sería el traslado de sus restos desde el Cementerio de la Recoleta hacia la basílica de Nuestra Señora del Pilar el domingo 27 de agosto de 2023. Ese día, coincidirán entonces dos motivos de celebración, ya que se declara el Día de la Comunidad Empresarial, elegido por ser el aniversario del fallecimiento de Enrique Shaw.
En su voz, el testimonio no deja de conmover, es un relato alegre y sentido que destaca la alegría con la vivía Enrique Shaw, alegría que lo caracterizó hasta el fin de sus días: «Papá, en los fines de semana, cuando estábamos más tiempo encerrados y sin ir al colegio, era como un chico más», comentó Sara.
Enrique Shaw está ahora en proceso de beatificación y fue declarado venerable por la Iglesia Católica. Se espera que este sea un nuevo santo con características distintas a las de los santos tradicionales, siendo un empresario, casado, con hijos, pero una vida que resulta ejemplar.
Basados en lo que fue una vida santa desde la laicidad, clérigos analizan su posible beatificación y posterior canonización por lo que Argentina tendría un nuevo santo, junto al Santo Cura Brochero, San Artémides Zatti, Santa Nazaria de Santa Teresa y San Benito de Jesús. En medio de este proceso, los restos de Enrique Shaw fueron trasladados a la Basílica del Pilar, con una celebración presidida por el arzobispo Jorge Ignacio García Cuerva
¿Cuál es el milagro que se le atribuye a Enrique Shaw?
Aunque los detalles se mantienen en reserva, a Enrique Shaw se le atribuye el milagro de la curación de un chico que sufrió un accidente tras haber sido golpeado por un caballo. Se le había diagnosticado pocos días de vida, y sus padres, que eran empleados de la cristalería, le pidieron a él por su salud. A los pocos días, el chico se recuperó y no le quedaron secuelas.
Pero, además, también se menciona el caso de Hugo Navarro, que a los 32 años fue diagnosticado con un cáncer terminal y los médicos le daban apenas unos meses de vida. Fue entonces que su esposa Fabiana por intermedio de una vecina conoció al «empresario santo» con quien decidió hacer un trato: que permitiera que Hugo viviera al menos el tiempo necesario para ver crecer a sus hijos. Tras 9 meses, Hugo volvió a comer y su sorprendente recuperación le permitió retomar su trabajo y vivir 18 años más.
Quien alguna vez haya visitado la ciudad bonaerense de Pinamar recordará fácilmente los nombres de las avenidas Jorge Bunge -acceso principal y columna vertebral del balneario- y Enrique Shaw, que corre paralela al mar casi de punta a punta.
La elección de los nombres no es caprichosa, sino que homenajea a quien fue el arquitecto y fundador de unos de los centros de veraneo más famosos y exclusivos de la Argentina, y al propio Shaw, que junto a su esposa Cecilia, hija de Bunge, hicieron de Pinamar un punto excluyente de sus vidas y continuaron con el legado de la empresa familiar Pinamar SA, importante desarrolladora urbanística.
El pensamiento del venerable empresario Enrique Shaw se centra en la integración de la fe y el trabajo, promoviendo una gestión empresarial que busca el bien común y el desarrollo humano de los colaboradores, en línea con los principios de la Doctrina Social de la Iglesia. Él veía la empresa como una comunidad de vida y entendía que el progreso empresarial debe ir de la mano con el crecimiento social y espiritual de las personas.

Pilares de su pensamiento:
Empresa como comunidad de vida: Creía que las empresas no solo deben ser comunidades de trabajo, sino también de vida, donde las personas puedan crecer tanto profesional como personalmente.
Fe y trabajo integrados: Consideraba que la dimensión trascendente era la más importante y que los empresarios colaboraban con Dios en la creación de bienes y bienestar para la sociedad.
Bienestar de los colaboradores: Buscaba el desarrollo humano de cada colaborador, tratándolos como hermanos en Cristo y brindando apoyo en sus necesidades.
Mística de la santidad en lo cotidiano: Promovió la idea de que la santidad es posible en la vida diaria, tanto en la familia como en el trabajo, y alentaba a la acción constante para alcanzarla.
Emprendimiento y compromiso social: Consideraba que el empresario tiene el deber moral de ser eficiente y de contribuir al bien común, creando empleo y entendiendo las necesidades de la comunidad.
Evangelización a través de la gestión: Creía que un empresario cristiano puede evangelizar el mundo empresarial mediante su ejemplo y su forma de gestionar, aplicando las virtudes cristianas en su liderazgo.
Con sangre obrera en sus venas
Al final de su vida Enrique Shaw estaba muy enfermo y necesitó una transfusión de sangre, más de doscientos empleados de la fábrica fueron a donar. Enrique valoraba la unidad y la camaradería. Antes de morir pudo agradecerles diciéndoles que estaba más unido con ellos ya que hasta por sus venas corría la misma sangre obrera.
Murió el 27 de agosto de 1962, en Buenos Aires, cuando tenía sólo 41 años.
Para describir los últimos días de Enrique lo mejor son las palabras del padre Manuel Moledo, primer asesor doctrinal de ACDE, grabadas al mes del fallecimiento por Jaime Peña, un socio de Acde.
“Enrique tenía la virtud de la prudencia en su grado más genuino que es la virtud de hacer, no la virtud de no hacer, sino la virtud de hacer lo que en el momento que fuera determinado y exigible hacer”.
“No lo comprendemos, pero esta muerte es la simiente que ha vuelto al surco para dar de sí una cosa que crecerá, crecerá, florecerá y fructificará”.
“Pude acompañarlo en sus últimos días. En la mañana del día que murió se sentó en la cama y me dijo: “Padre, sin embargo, mi situación no es la de Cristo todavía, porque, aunque yo no sabía que podía haber dolores así, sin embargo, a mí me rodean los amigos y a Él lo abandonaron. Yo tengo esto en mi favor. Una buena idea Padre, ofrecer este cansancio por todos los que no se cansan de pecar”.
Había entrado ya en el silencio precursor de la muerte y de pronto recupera la voz y dijo: “Señores: En primer lugar disculpen que hable tan imperfectamente porque la enfermedad me ha paralizado la lengua, pero debo decirles que ustedes los trabajadores de Rigolleau, no son meros ejecutantes sino ejecutivos y las grandes dificultades no las producen las cosas, sino que las producen los hombres. Por consiguiente, una buena inteligencia entre los hombres, la buena fe, la comprensión, la rectitud de intención pueden resolver todos los problemas. La fábrica acaba de salir a gatas del problema eléctrico. Si nosotros todos nos unimos podemos trabajar para que todos seamos felices”.
Esto refleja la profunda, auténtica y real personalidad de este hombre que no fue un hombre común, que tuvo todas las características del hombre elegido, del santo, usada esa palabra, no en el modo corriente y habitual con que la usamos para significar una persona buena, sino usada en el sentido en que se puede usar para señalar la presencia de un ser excepcionalmente dotado por la gracia sobrenatural. Enrique Shaw fue, en síntesis, un empresario de Dios, con sangre obrera.







