Por Gustavo Matias Terzaga- Abogado. Presidente de la Comisión de Desarrollo Cultural e Histórico ARTURO JAURETCHE de la Ciudad de Río Cuarto, Cba.
El legado como punto de partida para volver a pensar el poder, la producción y la soberanía argentina
Hay libros que se ocupan del pasado y hay libros que recurren al pasado para intervenir sobre el presente. Un lugar en el mundo para Argentina: el legado delasotista, de Francisco Zanichelli, pertenece —por su planteo político y por el momento en que aparece— a esta segunda categoría. Su interés no reside solamente en recuperar determinados aspectos del pensamiento y de la praxis política de José Manuel de la Sota, sino en algo bastante más exigente: preguntarse qué parte de aquella experiencia conserva capacidad para ayudarnos a pensar la Argentina que viene.
Porque un legado político no puede consistir en la administración ceremonial de una memoria. Cuando una experiencia histórica deja únicamente homenajes, fotografías y aniversarios, comienza lentamente a convertirse en museo. Un legado permanece vivo cuando sus ideas vuelven a ponerse en movimiento frente a circunstancias que ya no son aquellas que les dieron origen. Recuperar, entonces, no significa repetir. Significa reconocer una tradición, descubrir dentro de ella aquello que todavía conserva potencia y someterlo a las necesidades de una nueva época.
Y pocas épocas necesitan tanto volver a discutir estas cuestiones como la nuestra.
La Argentina atraviesa una etapa en la que vuelve a ponerse en discusión algo mucho más profundo que un programa económico o la administración circunstancial de un gobierno. Está en juego la propia idea de Nación: qué producimos, quién controla nuestros recursos, qué lugar reservamos al trabajo argentino, qué capacidades conserva el Estado, con quiénes nos asociamos, desde qué posición negociamos con las grandes potencias y, finalmente, si aspiramos a decidir nuestro destino o aceptamos que nuestro lugar en el mundo sea determinado por intereses ajenos.
Por eso el título elegido por Zanichelli contiene una pregunta política de enorme actualidad. Porque tener «un lugar en el mundo» no significa simplemente estar relacionado con el mundo. Todas las naciones lo están. La cuestión verdadera es desde qué lugar se relacionan con él.
No es lo mismo hacerlo desde la autonomía que desde la dependencia. No es lo mismo incorporarse al mercado mundial vendiendo materias primas y comprando tecnología que utilizar nuestras riquezas naturales para desarrollar industria, ciencia, infraestructura y trabajo nacional. No es lo mismo disponer de alimentos, energía, minerales estratégicos, agua, conocimiento científico y territorio que poseer una estrategia para transformar esas capacidades en poder nacional.
Allí comienza la política exterior verdadera.
La política exterior también ocurre en Córdoba
Durante demasiado tiempo hemos pensado la política internacional como una especialidad reservada a diplomáticos, cancilleres y organismos multilaterales. Como si aquello que sucede entre los Estados ocurriera en una dimensión completamente separada de la vida cotidiana.
Pero la política exterior también sucede en una fábrica de Córdoba.
Sucede cuando una industria autopartista consigue o pierde un mercado. Cuando una máquina agrícola fabricada en nuestra provincia puede ingresar a Brasil. Cuando una pyme accede al crédito necesario para incorporar tecnología. Cuando nuestras universidades participan de programas científicos internacionales. Cuando el precio de la energía determina la competitividad de nuestra industria. Cuando una cooperativa puede agregar valor a la producción primaria. Cuando un trabajador conserva o pierde su empleo porque una decisión adoptada a miles de kilómetros modifica las condiciones económicas dentro de las cuales produce la Argentina.
Entonces política exterior y política económica dejan de ser compartimentos separados.
Una política internacional soberana necesita inevitablemente de un proyecto productivo nacional. Y un proyecto productivo nacional necesita una estrategia internacional que le permita desarrollarse.
Esta relación resulta particularmente evidente para Córdoba.
Nuestra provincia posee una extraordinaria concentración de capacidades productivas: agricultura, ganadería, agroindustria, maquinaria agrícola, industria automotriz y autopartista, biotecnología, universidades, economía del conocimiento, cooperativismo y una extensa tradición industrial y tecnológica. Córdoba no constituye simplemente una jurisdicción administrativa dentro de la Argentina. Es una pieza fundamental de cualquier estrategia nacional de desarrollo que pretenda recuperar escala y densidad productiva.
Por eso también debemos revisar nuestra propia concepción del federalismo.
Durante décadas, una parte importante de la discusión federal quedó reducida a cuánto aporta Córdoba y cuánto devuelve Buenos Aires. Esa discusión existe y es legítima. Pero un federalismo que solamente contabiliza transferencias fiscales termina siendo demasiado pequeño para una provincia con semejantes capacidades.
Córdoba no debe limitarse a reclamar su participación dentro de la Argentina.
Córdoba debe participar en la definición de la Argentina.
Ese desplazamiento conceptual es decisivo. Porque transforma un federalismo defensivo en un federalismo nacional.
Ya no se trata únicamente de proteger los intereses provinciales frente al centralismo porteño, sino de preguntarnos qué puede aportar Córdoba a la construcción de una estrategia nacional de desarrollo, soberanía e integración continental.
De Córdoba a la Nación; de la Nación a la Patria Grande
Y aquí aparece necesariamente Sudamérica.
La Argentina difícilmente pueda construir una política internacional verdaderamente autónoma pensándose como una isla desprendida de su región. Nuestra dimensión territorial, nuestros recursos y nuestra capacidad productiva son enormes, pero la escala del mundo contemporáneo obliga a pensar espacios económicos, tecnológicos y geopolíticos mayores.
Brasil ocupa en esa ecuación un lugar insustituible.
No solamente porque sea uno de nuestros principales socios comerciales, sino porque constituye junto con la Argentina el núcleo industrial alrededor del cual alguna vez imaginamos una integración sudamericana capaz de trascender el intercambio comercial y convertirse en una verdadera estrategia de desarrollo.
Brasil y Argentina separados son dos importantes países periféricos negociando frente a potencias continentales. Brasil y Argentina articulados pueden constituir el eje de un espacio sudamericano con alimentos, energía, minerales, industria, ciencia, tecnología, territorio y cientos de millones de habitantes.
La integración latinoamericana deja entonces de ser una evocación romántica de nuestros libertadores. Se convierte en una cuestión brutalmente contemporánea de escala y poder.
San Martín y Bolívar comprendieron en el siglo XIX que la independencia política de las nuevas repúblicas difícilmente podría consolidarse si la fragmentación territorial reemplazaba simplemente a la dominación colonial. Dos siglos después, bajo formas completamente distintas, permanece una pregunta semejante: cuánto margen real de decisión pueden conservar nuestras naciones aisladas frente a enormes bloques económicos, financieros, tecnológicos y militares.
La Patria Grande no es, por eso, una consigna nostálgica.
Es una necesidad geopolítica.
Un mundo que ya cambió
El escenario internacional, además, se encuentra atravesando una transformación acelerada. El orden unipolar surgido después de la caída de la Unión Soviética ha ido dejando paso a una configuración mucho más compleja. China se consolidó como potencia económica y tecnológica; India adquiere una gravitación creciente; Brasil reclama una voz propia; nuevas asociaciones económicas articulan países del llamado Sur Global y el centro de gravedad de la economía mundial se desplaza progresivamente.
Frente a ese mundo, la Argentina necesita recuperar una cualidad elemental de toda nación soberana: libertad de movimientos.
No tenemos ninguna necesidad de sustituir una dependencia por otra. Una política exterior nacional no debería consistir en elegir obediencia. Precisamente lo contrario: debería ampliar nuestros márgenes de autonomía.
Relacionarnos con Estados Unidos donde nuestros intereses coincidan. Profundizar nuestros vínculos históricos con Europa. Expandir nuestra relación económica con China. Consolidar la alianza estratégica con Brasil. Abrir mercados en India, África y Asia. Recuperar nuestra presencia latinoamericana. Participar de aquellos ámbitos multilaterales capaces de ampliar nuestras posibilidades comerciales, financieras y tecnológicas.
Desde esa perspectiva deberá volver a discutirse también, llegado el momento, la decisión argentina respecto de los BRICS.
No por fascinación ideológica con ninguno de sus integrantes. Tampoco para convertir una sigla internacional en otra bandera partidaria. Mucho más sencillamente porque una Nación debe estar allí donde pueda defender mejor sus intereses.
Para Córdoba esa discusión no es abstracta.
Una Argentina que amplíe mercados, diversifique sus fuentes de financiamiento, consolide la integración con Brasil y acceda a nuevos espacios económicos está ampliando también las posibilidades de su maquinaria agrícola, de sus alimentos industrializados, de su industria automotriz, de su producción tecnológica, de sus universidades y de sus pequeñas y medianas empresas.
Por eso podemos recorrer conceptualmente el camino completo:
Córdoba necesita de una Argentina productiva. La Argentina necesita recuperar su dimensión sudamericana. Y Sudamérica necesita construir una voz propia dentro del nuevo orden mundial.
Un legado vale por el futuro que sea capaz de producir
Es precisamente aquí donde la recuperación de la experiencia de José Manuel de la Sota adquiere un significado que excede ampliamente cualquier reivindicación biográfica.
La pregunta relevante no es qué diría De la Sota frente a cada problema contemporáneo. Esa clase de ejercicio termina convirtiendo a los dirigentes históricos en oráculos.
La pregunta fértil es otra: qué método político, qué intuiciones estratégicas y qué concepción de Córdoba y de la Argentina pueden recuperarse de aquella experiencia para enfrentar problemas completamente nuevos.
De la Sota comprendió algo que Córdoba no debería olvidar: una provincia puede afirmar vigorosamente su identidad sin convertirla en provincialismo. Puede defender sus intereses sin desentenderse del destino nacional. Puede construir poder desde el interior sin resignarse a ocupar un lugar periférico en las grandes decisiones argentinas.
Ese legado adquiere valor únicamente si encuentra una nueva praxis.
Y allí aparece inevitablemente Natalia de la Sota.
No porque deba cargar sobre sus espaldas la obligación imposible de reproducir políticamente a su padre. Precisamente porque su desafío es otro: construir su propio camino tomando de aquella tradición aquello que todavía resulte capaz de producir futuro.
Hay algo significativo en el itinerario político que viene desarrollando.
Natalia eligió caminar. Barrios, merenderos, cooperativas, centros de jubilados, sindicatos, organizaciones sociales. Eligió aproximarse a aquellos lugares donde la política económica deja de ser una discusión televisiva y se transforma en un plato de comida, un medicamento que no alcanza, una fábrica que reduce personal, una jubilación deteriorada, un comercio que cierra o un trabajador que teme perder su empleo.
Pero caminar y escuchar sólo adquieren verdadera dimensión política cuando aquello recogido en el territorio comienza a transformarse en proyecto.
Y éste será probablemente el desafío superior de la etapa que viene.
No alcanza con denunciar a Milei.
No alcanza con esperar su desgaste.
No alcanza siquiera con reunir nuevamente al peronismo.
La unidad es imprescindible, pero la unidad sin una hipótesis de país puede servir para ganar una elección y resultar completamente insuficiente para gobernar después.
La Argentina ya conoce demasiado bien esa experiencia.
Ganar para qué
Por eso 2027 no debería ser pensado solamente como el momento de terminar democráticamente con el gobierno de Javier Milei.
La pregunta más importante comienza al día siguiente:
¿para hacer qué?
¿Qué estructura productiva queremos reconstruir? ¿Qué industrias consideramos estratégicas? ¿Qué papel tendrá el Estado? ¿Qué relación estableceremos entre producción primaria e industrialización? ¿Cómo recuperaremos salarios y mercado interno sin abandonar la necesidad de exportar? ¿Qué política científica y tecnológica tendremos? ¿Qué haremos con nuestros recursos naturales? ¿Cuál será nuestra relación con Brasil? ¿Qué integración sudamericana queremos? ¿Dónde queremos colocar a la Argentina dentro del mundo multipolar que está naciendo?
Esas preguntas son anteriores a cualquier candidatura.
Porque una candidatura puede organizar una elección. Un proyecto nacional organiza una época.
Y tal vez allí pueda encontrarse una de las oportunidades políticas más interesantes para Natalia de la Sota: contribuir desde Córdoba no solamente a la construcción de una alternativa electoral, sino a la elaboración de una nueva síntesis del campo nacional.
Una síntesis que pueda conversar con el trabajador industrial y con el productor agropecuario; con el sindicalismo y con las pymes; con nuestras universidades y con las cooperativas; con los gobernadores y con las organizaciones sociales; con quienes conservaron su identidad peronista y con millones de argentinos que no se reconocen en ninguna tradición política pero necesitan desesperadamente que la Argentina vuelva a ofrecerles un horizonte.
Construir mayoría no significa diluir las convicciones.
Significa convertirlas en fuerza histórica.
Córdoba puede volver a pensar la Argentina
Quizás allí resida la cuestión más profunda que deja abierta este libro.
Durante demasiado tiempo preguntamos qué lugar debía tener Córdoba dentro de la Argentina.
Tal vez haya llegado el momento de invertir la pregunta:
¿qué Argentina podemos ayudar a construir desde Córdoba?
Porque el interior productivo no puede continuar siendo convocado únicamente cuando llegan las elecciones nacionales. Córdoba tiene recursos económicos, capacidades científicas, tradición universitaria, trabajadores, empresarios nacionales, productores, cooperativas y una ubicación geográfica excepcional para intervenir en una discusión mucho mayor.
Tiene condiciones para aportar pensamiento, cuadros políticos y proyecto.
Y desde Río Cuarto esa perspectiva adquiere todavía mayor claridad. Aquí confluyen producción agropecuaria, conocimiento, universidad, servicios, industria y una enorme trama económica vinculada al complejo agroalimentario. Desde aquí puede comprenderse perfectamente que defender el campo no significa resignarse a exportar producción primaria; significa agregar valor, industrializar, desarrollar tecnología nacional y transformar nuestra capacidad agropecuaria en una plataforma de poder económico argentino.
Ésa es la Argentina que debería integrarse al mundo.
No una Argentina encerrada.
Tampoco una Argentina arrodillada.
Una Argentina abierta desde sí misma.
Capaz de comerciar sin entregar, de integrarse sin subordinarse, de negociar sin obedecer y de reconocer que sus recursos naturales solamente se convierten en riqueza nacional cuando sirven para desarrollar a su pueblo.
Entonces el recorrido adquiere finalmente sentido.
Recuperar un legado para transformarlo en pensamiento. Transformar el pensamiento en organización. Convertir la organización en mayoría. Convertir la mayoría en poder democrático. Y utilizar ese poder no simplemente para ocupar nuevamente el Estado, sino para reconstruir las capacidades materiales que permitan a la Argentina volver a decidir sobre su destino.
Ésa es la dimensión histórica que debería tener la discusión hacia 2027.
Y ésa puede ser también la tarea de una nueva construcción política nacida desde Córdoba: no venir a pedir un lugar en una Argentina ya definida por otros, sino contribuir a definir nuevamente la Argentina.
Porque, finalmente, antes de encontrar un lugar en el mundo, tendremos que recuperar algo todavía más elemental y más difícil:
un proyecto propio desde el cual salir a ocuparlo.





