Por Gustavo Román. Director Propietario La Ribera
Mientras el gobierno nacional sostiene que las medidas económicas adoptadas buscan estabilizar las variables macroeconómicas, en la vida cotidiana de los argentinos comienzan a multiplicarse señales que preocupan: caída del consumo, aumento sostenido del precio de los alimentos y una creciente demanda social que vuelve a poner en evidencia las dificultades que atraviesan amplios sectores de la población.
En la provincia de Córdoba, los datos económicos recientes reflejan con claridad este escenario. Según informes de cámaras comerciales provinciales, las ventas minoristas de los comercios pymes registraron en febrero de 2026 una caída interanual del 6,7%, consolidando una tendencia de retracción del consumo que se viene observando desde el año pasado.
La disminución del movimiento comercial impacta directamente en la actividad económica de las ciudades del interior, donde el comercio minorista constituye uno de los principales motores de la economía local. Cuando las ventas se reducen, el efecto se multiplica: afecta a los pequeños comerciantes, a los trabajadores del sector y a toda la cadena de proveedores que depende del consumo cotidiano.
En paralelo, el incremento del precio de los alimentos continúa siendo uno de los factores más sensibles para los hogares. Informes recientes indican que en Córdoba la categoría “Alimentos y bebidas no alcohólicas” registró subas cercanas al 4,2% mensual, con aumentos particularmente fuertes en productos clave como la carne vacuna, que llegó a incrementos cercanos al 19% en algunos relevamientos.
Este fenómeno golpea especialmente a los sectores de ingresos fijos y a quienes dependen del trabajo informal, que ven deteriorarse rápidamente su poder adquisitivo. La consecuencia directa es un cambio en los hábitos de consumo: familias que reducen compras, reemplazan productos o directamente resignan parte de su alimentación.
Los efectos sociales también comienzan a reflejarse en el aumento de la demanda de asistencia alimentaria. Distintos informes sobre la situación social en Argentina advierten que cada vez más hogares recurren a comedores o ayudas comunitarias para cubrir necesidades básicas, una señal clara del deterioro en la capacidad de compra de amplios sectores de la población.
En ciudades del interior productivo como Río Cuarto —segundo polo urbano de la provincia— el impacto del enfriamiento económico también se percibe en el comercio local y en las instituciones sociales que deben responder a una demanda creciente. En estas comunidades, donde el tejido económico depende fuertemente de la actividad comercial, industrial y agropecuaria, la caída del consumo se traduce rápidamente en menor actividad y mayor preocupación social.
La situación plantea un desafío complejo. Si bien la estabilización macroeconómica es un objetivo relevante para cualquier país, el costo social de las medidas aplicadas aparece cada vez con mayor claridad en el tejido cotidiano de la sociedad.
La historia económica argentina muestra que los procesos de ajuste suelen tener consecuencias profundas cuando no se acompañan de políticas que amortigüen su impacto social. En este contexto, el deterioro del poder de compra y el crecimiento de la demanda de asistencia alimentaria representan señales que merecen atención.
El debate que se abre no es solo económico. También es social y político. Porque detrás de cada indicador hay familias que enfrentan dificultades para sostener su vida cotidiana y comunidades que buscan respuestas frente a un escenario cada vez más exigente.





