Por Pablo Díaz, Consultor en Marketing Político.

“Tenemos que ver la manera que Argentina se convierta de algún modo en una puerta de entrada para que Rusia ingrese en América Latina de un modo más decidido”, le expresó el presidente argentino Alberto Fernández a su par ruso Vladimir Putin en su visita a Moscú el 3 de febrero del corriente año.

Pero la “buena onda” de nuestro presidente con Putin reconoce como hito previo el año 2021 cuando pronunció la famosa frase “el primero que se va a dar la vacuna rusa soy yo” al sellar la provisión de Sputnik-V anti-coronavirus convirtiendo a nuestro país en el primero en el mundo en reconocerla y adquirirla fuera de la federación rusa y sus repúblicas satélites.

El embelesamiento del kirchnerismo con ¡La Madre Patria! No es nuevo, viene desde el gobierno de Cristina Kirchner y, si se me permite la digresión, reconoce en la bilateral de abril de 2015 en Moscú el summun de la afectividad, cuando ante el amague de la presidenta argentina a servirse agua, Putin toma la botella y le sirve en el vaso en un gesto de inédita caballerosidad del ex KGB que ruboriza a la viuda argentina. Ahí el kirchnerismo se terminó de enamorar de Vladimir.

“El enemigo de mi enemigo es mi amigo”, reza un proverbio árabe, a lo que ya se ha hartamente deducido que “el amigo de mi enemigo es mi enemigo”. Así, como el kirchnerismo es el amigo de Rusia el macrismo lo es de Estados Unidos y por eso los primeros políticos en argentina que salieron a condenar la invasión rusa a Ucrania fueron los de Juntos por el Cambio.

“Hay que ir y no huir”, gritó la presidenta del PRO, Patricia Bullrich, convocando a lideres parlamentarios e intelectuales para viajar a la capital de Ucrania, Kiev y “ponerle el cuerpo a la paz”. Al mismo tiempo que de la militancia kirchnerista se emprendía por las redes sociales una campaña de desprestigio a Ucrania y a su presidente Volodimir Zelenski, en apoyo a Rusia; y el gobierno mostraba ambigüedades semánticas que no lo comprometieran en la toma de posición.

Perón, el general de aquel gran movimiento nacional del que hoy solo queda la nostalgia que nos trasmiten los excluidos del kirchenrismo, afirmaba que “la verdadera política es la política internacional”, que, agrego yo, se debiera tomar con sumo respeto y profesionalismo para no proyectar al mundo la grieta doméstica. Sirvan las declaraciones de Gabriel Boric en Chile y de Iñigo Errejón en España de ejemplo de los principios que deben guiar las acciones de los gobiernos ante circunstancias como las que vive el mundo actualmente.